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LA PERSONALIDAD

LA PERSONALIDAD de un individuo es fruto, por un lado, de factores constitucionales y genéticos y, por otro, del conjunto de experiencias sociales, culturales y educativas adquiridas a lo largo de la vida. Elementos todos ellos que interaccionan en un proceso dinámico y en evolución continua.

A menudo, al hablar, se confunde el concepto de personalidad con ciertas dotes, como la fuerza psíquica, la seguridad en uno mismo o la extraversión. Se dice así que un individuo “tiene mucha personalidad” cuando sabe hacerse respetar, es decidido, tiene voluntad etc. Esta forma de hablar deriva del término latino persona que se usaba para designar, tanto la máscara usada por los actores, distinta según los personajes, como el papel; el personaje representado.

La expresión ‘tener personalidad” se aplicaba por tanto, en origen, al actor que sabía imponerse en el escenario, aunque nunca ha tenido sentido alguno dentro de la terminología psicológica ésta define la personalidad humana como el conjunto de todas las características psíquicas del individuo, de su forma de ser y de reaccionar, de percibir el mundo externo y de elaborar estas impresiones, de reaccionar a ellas y de expresar sus sensaciones y emociones, de concebir el valor y el significado de su persona en relación al mundo y de marcarse a sí mismo un objetivo.

La actitud de los padres es fundamental en los primeros años de vida del niño, porque influye enormemente en el desarrollo de la personalidad.

CARACTERÍSTICAS QUE FORMAN LA PERSONALIDAD

Si nos detuviésemos a pensar en qué nos diferenciamos de nuestro padre o de nuestra madre o de algún amigo nos encontraríamos, por ejemplo, con que somos menos optimistas o pesimistas, o más o menos emotivos, más o menos seguros o inseguros, más o menos egoístas, más o menos tímidos, más o menos racionales y así sucesivamente. Todas estas características no son otra cosa que aspectos de la personalidad que cada uno de nosotros poseemos en mayor o menor medida y en cualquier caso de forma distinta a todos los demás.

En primer lugar podemos decir que cada uno de nosotros recibe en herencia de sus padres una serie de características físicas, biológicas, que constituyen el primer núcleo alrededor del cual se constituirá luego toda la personalidad del individuo. Si observamos a los niños recién nacidos, nos daremos cuenta de que también ellos, aun siendo tan pequeños, se enfrentan al mundo de forma muy distinta. Hay por ejemplo niños muy tranquilos, bonachones, de los que se dice que sólo “comen y duermen’; hay otros en cambio mucho más vivos e intranquilos, que sienten gran curiosidad por todo lo que pasa a su alrededor.

Estos comportamientos tan distintos, así como todos los demás que podemos descubrir en los niños recién nacidos, se deben básicamente a características hereditarias, transmitidas a ellos por sus padres, que a su vez las han heredado de los suyos y así sucesivamente de generación en generación. De estas características presentes desde el nacimiento forman parte, por ejemplo, el temperamento, que determina la forma en la que cada uno de nosotros reacciona frente a las emociones, y que representa el substrato de nuestras acciones.

Se considera que Hipócrates, el célebre médico griego, fue el primero que, en tiempos antiquísimos, formuló la teoría constitucional que tan amplia influencia ha ejercido en la medicina durante mucho tiempo; él realizó una clasificación de las personas en función del temperamento, distinguiendo cuatro tipos fundamentales, determinado cada uno de ellos por un humor corporal particular. Así, según Hipócrates, quien posee un temperamento sanguíneo es una persona físicamente sólida, sociable, activa, que no se plantea grandes problemas y que necesita emociones y movimiento. Es el tipo alegre y amigable.

La persona que tiene en cambio un temperamento melancólico o nervioso es claramente antisocial, emotiva, pesimista y orgullosa, encerrada en sí misma. Físicamente es un individuo delgado, delicado y psicológicamente muy ansioso, lleno de profundos problemas que tiende a rumiar en su interior.

El temperamento colérico o bilioso es en cambio característico de las personas agresivas y temerarias. El colérico es físicamente delgado y seco y psicológicamente voluntarioso, fuerte a la hora de soportar el dolor, dotado de mucha vitalidad y de una gran carga de agresividad a la hora de afrontar problemas.

El último de los temperamentos hipocráticos, el flemático, es propio de personas aparentemente sólidas y tranquilas, pero en realidad son sensibles y aprensivas. Físicamente gruesas, afrontan las actividades con latitud y no soportan el dolor. Estos “tipos” no existen naturalmente en estado “puro”, pero es posible reconocer en los individuos el predominio de uno u otro temperamento.

En tiempos mucho más recientes han sido descubiertas por las ciencias médica y biológica una serie de sustancias producidas por las glándulas de secreción interna y endocrinas. Estas sustancias, llamadas hormonas, influyen y regulan de forma decisiva y específica las funciones de numerosos órganos.

Son glándulas endocrinas, por ejemplo, el tiroides, la hipófisis, las suprarrenales, las glándulas sexuales, etc. Para nosotros resulta interesante el hecho de que las hormonas que segregan estas glándulas ejercen una influencia más o menos importante no sólo sobre el físico del individuo, sino también sobre su actividad psicológica. La actividad del tiroides influye en el funcionamiento de la inteligencia, las glándulas suprarrenales producen la adrenalina, que regula la agresividad y la reactividad, y las glándulas sexuales condicionan los instintos sexuales.

Ver personalidad segunda parte .....

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