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EL SUICIDIO EN EL ANCIANO
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El suicidio de las personas ancianas generalmente se contempla, de forma absolutamente nihilista, como la muerte de una persona que ya no es productiva en el sentido social y económico y que por otro lado ha
vivido ya sus días. Se considera, por tanto, un acontecimiento mucho menos trágico que la muerte de un joven.
En 2003, el 11 % de la mortalidad total de las personas entre los 20 y los 25 años se debía al suicidio, mientras que el porcentaje correspondiente entre los ancianos era de apenas el 0,2 %. La falta de interés por el suicidio del anciano puede por tanto deberse a la diferencia entre una situación en la que el suicidio es la segunda o tercera causa de muerte y situaciones, como la del anciano, en las que el suicidio se halla enmascarado por problemas cardiovasculares y respiratorios. Por otro lado, en contraposición a su baja frecuencia como causa de muerte entre los ancianos, el índice de suicidios se mantiene en realidad constante, frente a una reducción general de fallecimientos por otras causas. A ello hay que añadir la opinión ampliamente
extendida según la cual el suicidio puede ser una elección “racional” en ciertas situaciones existenciales de la vejez, así como, por ejemplo, en presencia de graves enfermedades crónicas o de serias limitaciones de la independencia personal.
Existen, en cualquier caso, numerosas y válidas razones para prestar una mayor atención al problema del suicidio en los ancíanos. El suicidio es siempre un acontecimiento traumático para la familia de la víctima y su importancia epidemiológica constituye un válido índice del dolor y de la infelicidad de los sujetos ancianos. Por último, es muy importante recordar que el suicidio de la persona anciana puede considerarse una causa de muerte potencialmente evitable.
FRECUENCIA
Todas las valoraciones epidemiológicas sobre el suicidio deben tener en cuenta la inevitable infravaloración implícita en los datos disponibles. En el anciano, el intento de suicido puede resultar enormemente difícil de identificar una vez que se ha producido. En el periodo 1955-1999 los valores en porcentaje de los suicidios varían de un país a otro. Para el grupo de edad comprendido entre los 10 y los 64 años, la mayoría de los países evidencia una tendencia al aumento: el incremento resulta especialmente evidente en los países del norte de Europa, como Irlanda, Noruega, Bélgica y Países Bajos. Los países mediterráneos, como España, Italia y Grecia, se alejan de la tendencia general, mostrando una disminución en los porcentajes de suicidios, El incremento del porcentaje de suicidios entre las mujeres, ya sea en términos de número de naciones afectadas ya sea en cambios en porcentaje, es notablemente mayor que el incremento entre hombres. La tendencia es similar en los sujetos de edad superior a los 65 años.
En los datos publicados por la OMS y correspondientes a los ancianos de 24 países del mundo, los índices de suicidio en la tercera edad son decididamente más altos que a edades anteriores. En general, aun existiendo notables diferencias entre los distintos países, se puede hablar de un aumento del número de suicidios con la edad, sobre todo en el sexo masculino. En efecto, en la mayor parte de los países el número de muertes por suicidio alcanza su valor máximo por encima de los 80 años.
Treinta años después del primer estudio (1970), resulta alarmantemente evidente el aumento de muertes por suicidio registrado en Hungría, pero también en otros países, como Francia, Dinamarca, Austria y Polonia. Aparte de Suiza y Gran Bretaña, se han observado significativas disminuciones en países no europeos, como por ejemplo Estados Unidos, Japón, Hong Kong y Australia. Otros países muestran una sustancial estaticidad en relación a los datos de 1970; entre ellos se incluyen Países Bajos, Escocia, Fin landia y Canadá. En otros, se ha observado en cambio un sensible aumento de los fallecimientos entre las mujeres y una disminución entre los varones (Alemania y Portugal) o bien lo contrario (Nueva Zelanda).
Por tanto, teniendo en cuenta la situación mundial, parece ser que el suicidio entre los ancianos constituye de cualquier forma un fenómeno de distinta importancia según los países, demostrando cada uno de ellos una evolución diferente en relación a los años considerados.
Los intentos de suicidio sin éxito, o para-suicidios, son más comunes entre los jóvenes que entre los ancianos, tanto en términos absolutos como relativos: los intentos de suicidio son 3 veces más comunes que los suicidios con éxito entre los 15 y los 30 años. Aunque el número total de intentos de suicidio, incluidos los de éxito no fatal, sea menor en los ancianos que en los jóvenes, la probabilidad de desenlace fatal es mucho mayor en los ancianos.
Un índice de la seriedad del intento de suicidio entre los ancianos es su mayor riesgo de muerte en un sucesivo intento, en comparación con el resto de la población. El riesgo de muerte en un intento sucesivo es 9 veces mayor que en el primero para las personas menores de 55 años y 19 veces mayor para las de edad superior; el 8 % de los ancianos con un historial de intento de suicidio consigue su propósito en los 3 años siguientes al primer intento.
TÉCNICAS DE SUICIDIO
En general, los intentos de suicidio de los ancianos son muy serios, tanto en términos médicos como psicológicos, y el “fracaso” de la acción suicida se debe a menudo a circunstancias y factores imprevistos. Los intentos de suicidio de los ancianos pueden por tanto considerarse como “suicidios fallidos”: ello significa que, en comparación con los jóvenes, los ancianos están generalmente más decididos a morir. Con frecuencia los ancianos recurren a métodos “duros”, como el ahorcamiento, el ahogamiento, lanzarse contra vehículos en movimiento, tirarse desde alguna altura o herirse con cuchillos, objetos puntiagudos o armas de fuego. En conjunto parece ser que más del 85 % de los suicidiós totales entre ancianos se produce por ahorcamiento (sobre todo entre los hombres), en venenamiento (sobre todo entre las mujeres) y ahogamiento.
En general, los hombres de todas las edades recurren a métodos más violentos que las mujeres y sus posibilidades de supervivencia suelen ser menores.
Del mismo modo que elige las formas más violentas de suicidio, el sujeto anciano puede con cierta frecuencia dejarse morir con métodos “lentos”, que por sus características intrínsecas pueden dificultar la identificación de un supuesto deseo de muerte. Ejemplos clásicos de este tipo son los ancianos que intencionadamente se dejan morir rechazando la comida o las prescripciones médicas o que deciden no seguir los tratamientos. Estos suicidios lentos y graduales, conocidos como “erosiones suicidas”, no aparecen en las estadísticas oficiales y representan una de las causas más importantes de infravaloración del suicidio entre los ancianos. Además, numerosos estudios han demostrado que el anciano se halla muy poco dispuesto a comunicar sus intenciones suicidas a los demás: ello parece subrayar la importancia del hecho de que, en comparación con los jóvenes, el comportamiento suicida del anciano se halla mucho menos motivado por el deseo de movilizar a los demás y de atraer la atención sobre sí mismo y sobre su situación o, más sencillamente, de pedir indirectamente su ayuda. Además, el sujeto anciano casi siempre intenta el suicidio en condiciones en las que la intervención de los demás es en general imposible o muy improbable.
DEPRESIÓN Y SUICIDIO
Aunque entre los pacientes ancianos que viven en instituciones la depresión sea menos frecuente que entre los sujetos más jóvenes, dicha patología es responsable del 50-70 % de los suicidios de sujetos de edad avanzada.
La depresión puede definirse como una condición caracterizada por tristeza y profunda aflicción, que dura la mayor parte del día durante al menos dos semanas, o por una pérdida de interés o de placer por la mayor parte o todas las actividades de la vida diaria, con una duración también en este caso de al menos dos semanas.
Siempre se ha considerado que el paciente que padece depresión grave es incapaz de obtener gratificación de las actividades que antes le producían placer y satisfacción. Parece demostrado que la depresión constituye un importante factor de predicción del riesgo de suicidio.
La depresión cursa a menudo acompañada de una serie de síntomas físicos y psicológicos, como modificación del sueño y del apetito, dificultad de concentración, fatigabilidad, sentimientos de culpabilidad, etcétera.
La depresión se asocia además a visiones pesimistas de la realidad. Cuando el pesimismo se desarrolla en el seno de una ausencia total de esperanzas de futuro, el riesgo de suicidio es especialmente alto. El paciente anciano puede en tales condiciones realizar afirmaciones del tipo “Llegado a este punto ya no tengo ninguna esperanza” o “No puedo esperar ya nada más que la muerte”. Es importante darse cuenta de que la falta de esperanza puede ser expresión de un estado de depresión: ha de considerarse por tanto una situación transitoria y que puede responder positivamente a un tratamiento adecuado. Otras actitudes indicativas de alto riesgo de suicidio son los sentimientos graves de culpabilidad y una escasa autoestiina, aparte de la sensación de inutilidad.
El paciente anciano deprimido presenta, con mayor frecuencia que el más joven, pérdida de peso y otros signos y síntomas de tipo orgánico.
En el anciano deprimido son también frecuentes síntomas como apatía, alejamiento patológico de la realidad externa, incapacidad para mantener la concentración, escasez de motivaciones; dichos síntomas pueden ser erróneamente atribuidos a la edad o a una patología orgánica.
Errores de este tipo pueden impedir al médico establecer a tiempo un diagnóstico de depresión de presentación tardía, con posibles consecuencias catastróficas.
Pérdidas de tipo fisico
• movilidad;
• oído;
• vista;
• control vejiga o intestino.
Pérdidas de tipo cognoscitivo
• memoria;
• capacidad de aprendizaje;
• capacidad de abstracción.
Pérdidas de tipo social/laboral
• pérdida de la capacidad de ganar dinero;
• pérdida del papel de padre;
• pérdida de liderazgo.
Pérdidas de tipo psicológico/social
• pérdida de amigos fallecidos;
• disminución de las actividades sociales.
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