 
|
LA SEXUALIDAD EN LA MENOPAUSIA
EN TÉRMINOS musicales se ha hablado de la menopausia como de una forma de “desafinación” existencial, ya que altera la armonía del cuerpo femenino en muchos aspectos: desde el carácter imprevisible de las oleadas de calor hasta la molestia
de los dolores osteoarticulares.
Los primeros avisos de la menopausia cogen a la mujer desprevenida, sobre todo si tienen lugar antes de los 45 años, y son en cambio tanto mejor aceptados cuanto más se acercan la edad a la esperada, en torno a los 50 años.
La irregularidad del ciclo —polimenorrea (aumento de frecuencia y cantidad de las menstruaciones) primero y oligomenorrea (menstruaciones menos frecuentes y más escasas) en las fases inmediatamente anteriores a la verdadera menopausia— marca la
desconfianza en el propio cuerpo, que en cierta forma parece substraerse al papel de fiel
aliado para pasar al de incómodo —y a menudo doloroso— interlocutor. Las eventuales metrorragias (hemorragias uterinas) exasperan la preocupación por la integridad corporal y por la salud, sobre todo si cursan asociadas a fibromatosis del útero. La necesidad de una histerectomía (extirpación quirúrgica del útero) complica evidentemente el impacto de la menopausia, debido a la privación de un órgano de gran significado simbólico, aparte de funcional.
Por otro lado, muy a menudo el primer y poco estudiado signo de una alteración que afecta no sólo a la mujer sino a la pareja es el apagarse del deseo sexual. La disminución de la lubrificación y de la elasticidad vaginal marcan casi simbólicamente el progresivo cierre del cuerpo a la sexualidad. Por su significado, son interpretados por el compañero como una señal concreta de menor disponibilidad de la mujer.
CLIMATERIO
Y FUNCIÓN SEXUAL
Los momentos de la función sexual son fundamentalmente cuatro: deseo, excitación, orgasmo y elaboración postorgásmica del placer.
La menopausia parece actuar directamente sobre la capacidad de excitación, en la medida en que la disminución de la secreción de estrógenos afecta a la velocidad y a la cantidad de lubrificación vaginal. Dicha afirmación no ha de interpretarse sin embargo en sentido absoluto, en la medida en que la capacidad de reacción vaginal se ve también condicionada por la frecuencia de las relaciones sexuales antes y después de la menopausia. Parece ser que una buena frecuencia, a través del mantenimiento de estímulos neurovegetativos, podría reducir en gran medida el impacto de la disminución de estrógenos, permitiendo en algunos sujetos el manteniminto de una adecuada capacidad de reacción vaginal hasta edades avanzadas, incluso en ausencia de terapias hormonales sustitutivas. No obstante, es más frecuente que la menor lubrificación conduzca a la dispareunia (coito doloroso), que parece afectar a la actividad sexual y al deseo.
Los demás pilares de la función sexual se ven implicados en las modificaciones inducidas por el climaterio de forma indirecta y en cualquier caso muy variable de mujer a mujer, en función de la personalidad, el equilibrio en el seno de la pareja y la presencia y la gravedad de un eventual estado depresivo o ansioso. No hay que olvidar que a menudo la disminución de la libido puede ser el primer signo de un estado depresivo hasta ese momento enmascarado.
Por otro, lado, existen otras situaciones o episodios que pueden condicionar el impacto depresivo del climaterio, De hecho, en torno a los 50 años pueden tener lugar la enfermedad y la muerte de padres y suegros, la enfermedad de amigos y hermanos y la salida de los hijos de la casa familiar.
El deseo puede verse a su vez negativamente afectado también por las distintas condiciones del cuerpo, por lo que a la mujer le resulta difícil imponerse como objeto de deseo. Inciden también negativamente en el deseo la alteración de los ritmos corporales (entre ellos sobre todo el ritmo sueño-vigilia) y la ausencia de un compañero amado. Si la mujer vive bien su paso por el climaterio, si tiene una vida de pareja satisfactoria y un buen equilibrio existencial, el deseo —sexual o no— seguirá alimentando la alegría de vivir. En este caso, también la capacidad orgásmica puede mantenerse inalterada. Y la elaboración postorgásmica del placer seguirá alimentando una función que, gracias a sus implicaciones afectivas y de relación, de muestra que puede adaptarse a las distintas condiciones del cuerpo. Tales aspectos quedan además demostrados por la persistencia en muchas mujeres de un satisfactorio autoerotismo hasta edades avanzadas.
En cualquier caso, persiste como única constante la progresiva reducción de la frecuencia de relaciones sexuales y de autoerotismo, debido también al envejecimiento del compañero; esta nueva situación puede sin embargo dar paso a una sexualidad más tierna y delicada, acorde con una música interior que, si ha perdido el ímpetu de la juventud, sabe captar otras dulzuras.
Por otro lado, el deterioro de la función sexual no tiene características distintas al de otros órganos, al menos desde el punto de vista fisiológico y objetivo. Pero desde el punto de vista psicológico, el individuo tiende a dar un sentido depresivo a esta etapa de la vida, razón por la cual incluso la medicina llegó a identificar, en un primer momento, las causas del envejecimiento general del cuerpo con el declinar de la función sexual.
En realidad, la disminución de la actividad sexual no constituye más que uno de los aspectos del decaimiento general que tiene lugar en este periodo, y no su razón primera. Desde el punto de vista físico, en la mujer los ovarios caen en un estado de reposo total. Las menstruaciones desaparecen progresivamente, mientras que se hacen más o menos evidentes algunos trastornos típicos, en general no graves, y con mucha frecuencia un estado de depresión general.
REACCIONES
PSICOLÓGICAS
Todas estas manifestaciones de decaimiento, y sobre todo las sexuales, provocan en el hombre y en la mujer una serie de reflejos psicológicos profundos. La menopausia tiene lugar en la mujer en un periodo de tiempo bastante largo y tiene en su organismo un carácter revolucionario”. Esta fase de la vida recibe a menudo la denominación de edad crítica”, y con razón. En efecto, cualquiera que sea el cambio de la actividad hormonal en el plano psicosomático, es indiscutible que el control de las reacciones psicológicas que siguen al decaimiento orgánico es una de las tareas más difíciles en la vida de la mujer. En efecto, es muy fácil que la mujer se sienta humillada por el hecho de perder parte de esas características de feminidad que había adquirido durante la adolescencia y la juventud. Así, los procesos psicológicos de la menopausia se acercan bastante a una demanda de ayuda de la mujer, que quiere seguir viviendo su experiencia de feminidad, independientemente del cese de la actividad reproductora. Esta tensión que no cede a la presión del reposo fisiológico de sus órganos genitales se manifiesta ya sea a través de una intensificación de los requerimientos de atención sexual en relación a su feminidad, ya sea en una renovación y en una profundización de su espíritu maternal dirigido hacia una “producción” distinta a la juvenil, pero sin duda no menos significativa para ella: la mujer puede así lanzarse a la actividad, no importa si laboral o de tipo recreativo, dedicándose de lleno a algún hobby.
La situación para la mujer menopáusica se hace difícil porque a menudo su pareja está afrontando, desde el punto de vista masculino, esos mismos problemas de incertidumbre y de desorientación frente al declinar de su propia virilidad: el hombre ve cómo cae en crisis su capacidad de mantener relaciones sexuales y ello normalmente le induce a realizar balances no demasiado benévolos en relación a su vida actual y pasada, y quizá en relación a su compañera. Superar este momento no es siempre para los cónyuges una tarea fácil, pero es sin duda posible si tanto el uno como la otra son capaces de rescatar todos los aspectos positivos de los años pasados y de valorar los futuros. La atracción sexual ve perder sus bases fisiológicas, pero deja vía libre a la ternura recíproca.
|
|