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LA MENOPAUSIA
UNA SERIE de modificaciones fisiológicas y de trastornos psicológicos más o menos acentuados convierten este periodo en una edad crítica. Es necesario afrontarlo teniendo conocimiento de los problemas físicos y psicológicos inherentes a él,
conocimiento al que puede llegarse con ayuda del médico de confianza, al que habrá que acudir sin miedo y sin inhibiciones.
La menopausia se identifica con el cese de las menstruaciones; el climaterio es en cambio la fase anterior a la menopausia, que comienza cuando el ovario pierde su función cíclica ovulatoria; por último, la posmenopausia es esa fase de la vida en la que el organismo ha alcanzado su equilibrio en ausencia de la función ovárica.
CLIMATERIO
Comienza con ciertas modificaciones de tipo psicógeño relacionadas con el temor de la mujer a la llegada de la vejez y a la pérdida de su feminidad. Según el terreno psíquico en el que actúen tales elementos pueden
darse manifestaciones más o menos claras de psicopatía, que serán tratadas en una ficha específica en la sección “Psicología”. Desde el punto de vista estrictamente endocrino, el climaterio es, por tanto, el momento funcional de la mujer en el que el ovario pierde su ritmo cíclico de producción de células-huevo y, en consecuencia, de producción también de las hormonas ligadas a las distintas fases de maduración del folículo ovárico. En realidad lo que falla en esta fase es la ovulación y este desfase conduce a una interrupción de las conexiones hormonales entre ovario- hipotálamo-hipófisis. Es interesante destacar que en las fases de comienzo (pubertad) y de finalización (menopausia) de la función reproductora intervienen dos factores distintos como desencadenantes e inhibidores de los fenómenos: en el climaterio el punto de partida es el ovario; en la pubertad es en cambio la hipófisis (glándula endocrina situada en la base del cerebro).
Como media, la aparición de la menopausia se da en la mujer española en torno a los 50 años, con variaciones individuales de 2 o
3 años de más o de menos. Algunos autores han relacionado la época de comienzo de la menopausia con los antecedentes familiares de sexo femenino y han observado que a grandes rasgos la edad coincide de madres a hijas, del mismo modo que existe cierta relación entre la época de aparición de la pubertad y la de la menopausia: cuanto más precoz es la primera más tardía es la segunda.
Desde el punto de vista hormonal se distinguen tres fases en la última etapa de la vida fértil de la mujer: la primera fase es hiperestrogénica, la segunda hipoestrogénica y la tercera hípergonadotropa. Estas tres fases coinciden con bastante aproximación con el climaterio, la menopausia y la posmenopausia.
El hiperestrinismo da lugar a modificaciones en los órganos genitales y extragenitales. Las más interesantes son las del útero y la mama. La excesiva producción de estrógenos da lugar a una proliferación exagerada de las células de la mucosa uterina, con las consiguientes anomalías menstruales; además, favorece la aparición de fibromas en el útero
así como la hipertrofia uterina. Por cuanto respecta a la mama, es frecuente la presentación de mastopatías fibroquísticas. El exceso de estrógenos tiene también efectos sobre los demás compartimentos orgánicos, dando lugar a los desequilibrios endocrinos tan característicos de esta fase de la vida.
El hipoestrinismo provoca una serie de modificaciones del útero de tipo atrófico y un notable grado de atrofia vaginal, con ausencia casi total de maduración celular. La disminución de los estrógenos ováricos (fase hipoestrogénica) se debe al cese de la actividad ovárica; la ausencia de estas hormonas en la circulación, dejando así de desempeñar su función inhibidora sobre la hipófisis, es responsable de la producción en exceso de gonadotropina, característica precisamente de la fase hipogonadotropa.
CÓMO SE MANIFIESTA
El cambio fisiológico de una vida con estrógenos a una vida sin estrógenos provoca ciertos trastornos vasomotores, como la sudoración excesiva y las oleadas de calor.
Estas oleadas avanzan hacia la parte superior del cuerpo, sobre todo hacia la cabeza, Las personas presentes pueden darse cuenta, ya que la cara de la mujer enrojece a manchas y el enrojecimiento se extiende al cuello y a la parte alta del pecho. Los calores pueden presentarse de forma espontánea o tras la ingestión de alcohol, té o café muy calientes, después de una comida sustanciosa o a raíz de una emoción fuerte. La mujer no informada, que no conoce la naturaleza real del fenómeno, tiene la impresión de que la temperatura de la habitación ha aumentado y siente el deseo de abrir las ventanas, ante la incredulidad de los presentes.
Estos fenómenos pueden producirse dos o tres veces al día o quizá incluso ochenta veces al día. El veinte por ciento de las mujeres no tienen ningún problema; el cuarenta por ciento tienen tantos problemas que acuden al médico para que les sea prescrito un tratamiento; y las mujeres que integran el cuarenta por ciento restante no van al médico, aun teniendo problemas, ya sea porque las molestias que sufren son soportables, ya sea porque no saben que existe una terapia.
La sudoración excesiva es realmente algo desagradable: en el curso de ataques graves, la mujer se despierta por la noche prácticamente bañada en sudor, hasta tal punto que se ve obligada a cambiarse y a cambiar las sábanas para poder volver a acostarse.
Muy a menudo se padecen también fuertes hemicráneas, hormigueos en los dedos de
las manos o de los pies y vértigos. Por otro lado, pueden presentarse toda una serie de trastornos psíquicos, como irritabilidad, pérdida de confianza en sí misma, depresión, melancolía, eI de llanto, insomnio o sensación anormal de cansancio. Sin embargo, todos estos trastornos son quizá secundarios en comparación con los vasomotores. Es fácil imaginar que, si se tienen hasta diez ataques de transpiración en una noche y la mujer afectada tiene por tanto que levantarse de la cama e interrumpir el sueño para ducharse y cambiarse de ropa, a la mañana siguiente estará cansada, irritable y con los nervios a flor de piel. Existe además otro pequeño trastorno relacionado con la carencia de estrógenos: la atrofia del canal genital, de la vulva y de la vagina. Esta atrofia puede dar lugar a una disminución de la lubrificación vaginal en el momento de la excitación sexual, o bien a dolores durante el coito.
Por otro lado, en este periodo el peso corporal aumenta gradualmente debido a una acumulación de grasa sobre todo en las zonas glúteas, mientras que se observa debilidad del tejido muscular y una disminución del tono de la piel y de los vasos sanguíneos, así como una pérdida de elasticidad del tejido conectivo.
Una de las modificaciones más típicas de la menopausia es también la osteoporosis. Dicha alteración consiste en disminución de la masa ósea, aumento de su porosidad y disminución de su espesor. Se cree que el factor responsable de esta alteración, a veces muy grave, es la ausencia de ciertas hormonas y sobre todo de estrógenos. La falta de estrógenos, en efecto, contribuye a la descalcificación del componente proteico del hueso. A continuación, es fácil que sobre esta lesión se asienten procesos artrósicos. Resultan asi mismo interesantes las modificaciones vasculares que se registran en la menopausia. La arterioesclerosis, por su parte, presenta una incidencia de 10 a 40 veces mayor en los hombres menores de cuarenta años que en las mujeres; en los grupos de sujetos de más edad esta diferencia se va progresivamente reduciendo. Disminuye también la resistencia de los capilares. Existe, por último, cierta tendencia al aumento de los valores de la presión sanguínea. Esta fase de la vida de la mujer se caracteriza asimismo por una mayor incidencia de tumores genitales y extragenitales.
TRATAMIENTO
No existe un acuerdo general sobre la conveniencia de intervenir mediante la aplicación de las oportunas medidas terapéuticas para evitar todos los inconvenientes arriba mencionados; hay quien opina, en efecto, que es mejor dejar que la naturaleza haga frente con sus mecanismos de adaptación a una situación, por otro lado fisiológica, como es la menopausia. Esta segunda posibilidad cuenta con la aceptación de todos aquellos expertos que están convencidos de que no es conveniente administrar sustancias hormonales en una fase de la vida en la que los desórdenes hormonales son ya de por sí considerables. En realidad, la mayor parte de las mujeres consigue superar este período crítico recurriendo únicamente a sus posibilidades físicas y psicológicas.
En algunos casos en los que los trastornos (sudoración, oleadas de calor, etc.) son particularmente serios, se aconseja suavizar los efectos del exceso de estrógenos de la fase hiperestrogénica equilibrando el ciclo mediante la administración de pequeñas dosis de progestágenos en la segunda fase. Por otro lado, los efectos de la desaparición de las hormonas ováricas de la circulación sanguínea pueden contrarrestarse mediante la administración de combinaciones secuenciales de estroprogestágenos a pequeñas dosis. Así se obtiene una mejoría general y local de los órganos genitales, así como un efecto psicológico muy favorable debido a una prolongación de la función menstrual, aunque sea artificial. La administración de asociaciones de estrógenos y andrógenos a dosis adecuadas y en forma de medicamento de absorción lenta mantiene el trofismo hístico.
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