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MOVILIZACIÓN PASIVA Y MOVIMIENTO ACTIVO

PARA PREVENIR situaciones de incapacidad física es esencial, aparte de adoptar posiciones correctas, seguir con constancia un programa concreto de ejercicios y movimientos. La movilización pasiva, las posturas correctas y el movimiento activo son las etapas que se han de cubrir para devolver al paciente su autonomía.

MOVILIZACIÓN PASIVA

Si las condiciones psicofísicas del paciente se hallan especialmente afectadas y surge la necesidad de prevenir y tratar actitudes discapacitantes, será necesario someter al paciente a ejercicios de movilización pasiva”, aparte de tratar de mantener la posición correcta de su cuerpo.
En ciertas condiciones patológicas o de grave deterioro este método puede representar la única posibilidad de movilización del paciente. No obstante, dado que dichos movimientos se aplican independientemente de la voluntad del paciente y de su capacidad de resistencia, requieren indicaciones muy concretas, una elección estudiada y un control médico exhaustivo para determinar las limitaciones existentes, la dosis y la correcta ejecución.
Los movimientos pasivos pueden realizarse en relajación o bien venciendo ciertas resistencias.
El tratamiento en relajación está indicado cuando existe un aumento del tono muscular, en los síndromes dolorosos, para prevenir y corregir retracciones musculares, en ciertas situaciones psicológicas de tensión y de ansiedad y también para facilitar la relación de confianza entre paciente y terapeuta.
Para poder obtener la necesaria relajación deben eliminarse eventuales estados de tensión del paciente, así como cualquier causa que pueda inducir cierta contracción muscular de las articulaciones. Deben por tanto eliminarse el miedo y la ansiedad y evitarse las sensaciones de molestia ambiental, especialmente las térmicas (frío) y un exceso de ruido o de luminosidad. Los ejercicios pueden practicarse en distintas posiciones: en decúbito supino, con el paciente semisentado, en decúbito prono o sobre un costado.
Para el decúbito supino es conveniente observar ciertas normas. La superficie de apoyo del cuerpo ha de ser elástica pero rígida (para evitar el hundimiento de la pelvis y en consecuencia la flexión de la columna, que podría constituir un obstáculo para la respiración); la almohada adaptable a la curva cervical (para impedir la rotación de la cabeza); las rodillas en ligera flexión con ayuda de sujeciones especiales, para reducir la lordosis lumbar y el trabajo de los músculos abdominales; los pies en ligera flexión plantar y los brazos en ligera aducción y flexionados y apoyados sobre una almohada; el tronco ligeramente inclinado para facilitar la respiración.
El decúbito prono es una de las actitudes menos apropiadas para el anciano, por la frecuencia de dificultades respiratorias y la escasa eficacia cardíaca. En el decúbito sobre un costado las extremidades inferiores deben adoptar una posición en semiflexión y las superiores deben descansar sobre almohadones. Esta posición puede presentar también algunas dificultades para el sujeto anciano.
En la movilización pasiva la ropa puede condicionar la actividad respiratoria y la cardiocirculatoria. Es por tanto necesario prescindir siempre, pero sobre todo durante dicha actividad, de prendas y objetos ceñidos y que limiten dichas funciones.
La actitud y el comportamiento de los operadores son muy importantes a la hora de prevenir y eliminar las sensaciones de ansiedad y de miedo en el anciano, de proporcionarle seguridad y de motivarle a colaborar. Por último, es conveniente anticipar y advertir al paciente en relación a las sensaciones y los efectos que podrían provocar los ejercicios.

MOVIMIENTO ACTIVO

El movimiento activo tiene por objeto mantener la funcionalidad motora o restablecer funciones de movimiento deterioradas por la enfermedad o por la involución senil. Puede consistir en la realización de ejercicios de gimnasia en los que participe todo el cuerpo o sólo algunas regiones. Las técnicas de fisioterapia son la facilitación neuromotora y la reeducación muscular.
La gimnasia médica puede practicarse como simple indicación de movimiento para prevenir y curar alteraciones exteriores del cuerpo (obesidad) o por estados concretos de enfermedad. En el anciano halla especial aplicación en caso de reducida eficacia muscular (hipotonía) y en la estimulación funcional del aparato cardiocirculatorio y pulmonar.
La actividad de movimiento está indicada cuando se desea recuperar funciones afectadas por lesiones de los aparatos óseo, articular, muscular y nervioso, independientemente de la posibilidad de conseguir una normalización anatómica del aparato afectado. En el anciano esta reactivación debe en efecto perseguir la recuperación de la función alterada o la estimulación de funciones vicariantes, incluso recurriendo a prótesis que adapten el ambiente a las condiciones de la persona.
Un tipo de intervención rehabilitadora especialmente adecuada para la edad geriátrica es la terapia ocupacional. Esta técnica pretende impedir a través de la actividad de movimiento que un músculo o varios grupos de músculos inactivos o escasamente activos sufran una reducción de su masa (hipotrofia) y una progresiva pérdida de eficiencia.
En el anciano los ejercicios de movilización activa realizados de forma rutinaria varias veces al día están indicados también para mejorar las condiciones de vida. Por estas razones deberían representar un aspecto concreto de los métodos de prevención o de asistencia sanitaria.
En efecto, esta estimulación sirve para mejorar los mecanismos nerviosos de control, que facilitan la coordinación de la acción motora y hacen posible la repetición del movimiento correcto. Además, estas actividades presentan un gratificante aspecto psicológico, porque el paciente, al constatar cierta recuperación general o de la función afectada, se anima a trabajar más. La terapia ocupacional puede incluso ayudar al paciente a olvidarse de la angustiosa idea de su sufrimiento y de sus preocupaciones y a alejarse de una valoración excesivamente pesimista de su estado.
Cada ejercicio de movilización ha de ser naturalmente adaptado a las posibilidades físicas de cada individuo, sobre la base de la capacidad residual del grupo muscular, de lo que quede de las funciones alteradas y de la capacidad cardiopulmonar, evitando siempre el estado de agotamiento.
La reeducación funcional es sin duda uno de los aspectos más interesantes del tratamiento y de la asistencia al anciano, ya que tiende a eliminar el estado de dependencia, oponiéndose bien a los distintos factores de envejecimiento bien a los eventuales episodios morbosos. Sus principales objetivos y fases son esquemáticamente los siguientes:
• la recuperación de la estación erguida;
• la recuperación de la deambulación;
• la recuperación de la actividad de vida cotidiana.
Estas etapas son interdependientes. Unas veces son sucesivas, mientras que otras pueden ser objetivos independientes sectoriales muy concretos.
Para poder adoptar y mantener la estación erguida, deben recuperarse progresivamente las distintas posiciones, gradualmente variables, desde la posición de acostado a la de sentado y posteriormente a la de erguido.
Habrá que proceder por etapas: inclinación gradual del cuerpo sobre el plano de la cama, a continuación desplazamientos del tronco y maniobras de las extremidades (para acostumbrar al paciente a distintas posturas) y luego colocación del paciente en posición sentada. En un primer momento esta posición podrá adoptarse en el borde de la cama, con el tronco erguido, los brazos apoyados en elementos de sujetar las piernas hacia afuera y los pies apoyados sólidamente sobre una superficie rígida (para favorecer la percepción de la extremidad y su posición correcta). Al principio se sujetará el tronco con varios almohadones, que luego irán suprimiéndose de forma progresiva hasta su total eliminación.
Desde la posición de sentado en el borde de la cama se pasa a la de sentado en la silla, con actitudes cada vez más seguras y normales y funcionalmente complejas. Por estas razones la silla debe reunir características de seguridad, comodidad y solidez.
La posición erguida (de pie) debe ser un logro gradual que ha de alcanzarse con ayuda, mediante una equilibrada distribución del peso del cuerpo sobre la columna vertebral y sobre las extremidades inferiores y a través de la correcta alineación de la cadera. Cuando el paso de la posición horizontal a la vertical denota dificultades, resulta de utilidad el empleo de camillas especiales, que pueden colocarse con distintas inclinaciones. El carácter gradual del cambio de posición del cuerpo permite una carga dosificada y progresiva de la columna en función de las posibilidades funcionales individuales.
Una vez alcanzada la capacidad para mantener la estación erguida, se aconsejan los ejercicios para que esta posición pueda ser adoptada durante periodos cada vez más largos y repetidos y para facilitar la subida y la bajada del tronco sobre las rodillas con la ayuda de sujeciones (por ejemplo los pies de la cama).

LA PREVENCIÓN DE LA INCAPACIDAD FÍSICA

LA DEAMBULACIÓN

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