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LA SENSIBILIDAD AL FRÍO

AL ENVEJECER se modifica la percepción térmica y a menudo se producen alteraciones en los mecanismos de conservación del calor. Por ello, en casos de extremo abandono, por desgracia bastante frecuentes en la sociedad industrializada de nuestros días, el anciano puede literalmente morirse de frío.

REGULACIÓN DE LA TEMPERATURA

El organismo humano está dotado de estructuras y de órganos capaces de mantener constante la temperatura corporal incluso en presencia de variaciones ambientales: por ello el hombre es un animal homeotermo. Tal constancia es imprescindible para el desarrollo de toda actividad orgánica, y es posible gracias a tres funciones: la termogénesis, la termodispersión y la coordinación entre la primera y la segunda.
La termogénesis es la actividad que produce calor mediante la transformación de los alimentos y el trabajo muscular (contracción cardíaca, actividad de los músculos respiratorios, de los músculos lisos y de los esqueléticos, trabajo de algunas glándulas y actividad de distintos aparatos). La cantidad de calor producida por el cuerpo humano en condiciones basales constituye el ‘metabolismo basal”, que es la energía gastada en forma de calor, en 24 horas, por un organismo para realizar un trabajo mínimo indispensable para la vida. Este calor puede aumentar si se realiza una actividad mayor, por la introducción de una mayor cantidad de alimentos y por la reducción de la temperatura ambiental.
El conjunto de reacciones que entran en juego para mantener constante la temperatura constituye la “termorregulación química”, que corre a cargo casi exclusivamente del hígado y de los músculos. El calor producido por el hígado suele ser constante, mientras que el de los músculos varía en función de las necesidades.
La termodispersión es el mecanismo en virtud del cual se elimina el calor, y consiste en una serie de fenómenos físicos de conducción, convección, irradiación y evaporación.
La coordinación de la termogénesis y la termodispersión se halla regulada por dos sistemas: el nervioso y el endocrino.
El nervioso actúa a través de dos centros situados en el hipotálamo: uno que regula la dispersión y otro la formación de calor. Los centros entran en funcionamiento por estímulos procedentes de la periferia y de la corteza cerebral. Intervienen también en este proceso los centros térmicos del bulbo que regulan precisamente los estímulos entre periferia y centro y viceversa. En la periferia existen formaciones especiales, llamadas termorreceptores, localizadas en la piel. Dichos receptores recogen las sensaciones térmicas a través de los “corpúsculos”, dispuestos algunos para detectar el frío y otros para el calor. La actividad hormonal corre a cargo de las hormonas de las glándulas tiroidea, suprarrenales e hipófisis.
En resumen, el organismo mantiene su equilibrio calórico reaccionando a los estímulos térmicos de forma específica: al frío, con vasoconstricción cutánea y con aumento del metabolismo energético; al calor excesivo, con vasodilatación periférica y con sudoración producida por glándulas que entran en funcionamiento cuando se alcanza cierta temperatura cutánea.

REACCIONES AL FRÍO
Dado que el envejecimiento se caracteriza por una progresiva desorganización de las funciones que puede determinar modificaciones del metabolismo basal, resulta fácil entender que a estas edades puedan también producirse cambios en la percepción del calor.
Experimentalmente se ha demostrado también que el anciano presenta una regulación claramente deficitaria de la capacidad de adaptación a la temperatura externa. Tolera mal el calor, tanto por la lentitud de las reacciones vasomotoras como por la escasa sudoración (ligada a la atrofia de las glándulas sudoríparas). Y tolera todavía peor el frío, porque sus reacciones vasomotoras metabólicas son poco eficientes.
Esta forma de reaccionar depende también de la forma en que tiene lugar el fenómeno de termodispersión. Este es a veces excesivo debido a la lentitud con que se produce la vasoconstricción periférica, la cual, asociada a una depresión general del metabolismo energético, justifica esa sensación de frío característica del anciano.
La forma de comportarse el anciano frente a un estímulo de frío excesivo, y sobre todo la forma de percibirlo, son cuestiones que han despertado el interés de distintos autores. Ha sido así planteada la hipótesis según la cual la forma de percibir la sensación de frío se halla ligada a los fenómenos degenerativos del envejecimiento que, al afectar a todo el organismo y a los centros nerviosos, interesan obviamente también al hipotálamo (uno de los centros termorreguladores del organismo), determinando una percepción alterada del frío. Por otro lado, distintos autores han observado paradójicamente que a temperaturas inferiores los ancianos sometidos a estudio sentían menos frío; al mismo tiempo, gran parte de los examinados afirmaba sentir calor sin que existiera una relación entre temperatura corporal y sensación de bienestar.
Estas afirmaciones, a veces aparentemente no del todo lógicas y plausibles, han sido interpretadas también como consecuencia de una actitud especial del anciano de aceptación o de rechazo del ambiente, unida a cierto grado de menor percepción térmica.
Es de más conocida la gran sensibilidad de la persona anciana a las bajas temperaturas. Aun así, recientemente se ha comprobado que en invierno un número considerable de ancianos sigue literalmente muriéndose de frío. Tales constataciones, independientemente de los aspectos sanitarios y clínicos, tienen un interés evidente desde el punto de vista social y asistencial, porque entre estos ancianos es posible encontrar a personas en precarias condiciones económicas, alojadas en viviendas viejas, sin un sistema eficaz de calefacción y con servicios higiénicos expuestos a menudo a las inclemencias del clima en estructuras externas (corredores).
Todas estas circunstancias han de ser tenidas en cuenta, especialmente en invierno, por las personas que asisten al anciano, con objeto de evitar las graves consecuencias arriba expuestas.
Sin embargo, independientemente de las variaciones térmicas estacionales, la hipotermia en el anciano debe ser objeto de atenta observación como factor bastante recurrente de riesgo de muerte.

CAUSAS DE HIPOTERMIA
Las circunstancias que pueden determinar con mayor facilidad una disminución de la temperatura corporal en el anciano pueden resumirse de la siguiente manera:
• la exposición a temperaturas ambientales;
• la menor actividad muscular, la malnutrición, la alteración de la secreción endocrina (reducción del metabolismo);
• las deficiencias de los mecanismos termorreguladores por lesiones cerebrales o medulares o por alteraciones del sistema vascular;
• intoxicaciones (alcohol, fármacos que pueden deprimir el sistema nervioso central);
• el colapso vascular por infarto del miocardio, por pérdida de líquidos, por infecciones;
• la prolongada inmovilidad en cama;
• las lesiones que comprometen la funcionalidad de los principales sistemas termorreguladores (hígado y músculos);
• el aislamiento térmico defectuoso;
• la incontinencia urinaria en invierno.
Dado que entre las causas más recurrentes de disminución de la temperatura corporal sigue figurando obviamente la exposición al frío, resultan especialmente peligrosas las horas nocturnas transcurridas en ambientes con un sistema de calefacción insuficiente o defectuoso. Por la noche es, en efecto, cuando más frecuente es la necesidad de levantarse para orinar, siendo el riesgo aún mayor cuando los servicios se encuentran en zonas o habitaciones frías o al aire libre o si coexisten incontinencia urinaria en la cama o estados de ansiedad y de agitación que obligan al anciano a levantarse varias veces. Otras veces la hipotermia puede deberse también a una utilización insuficiente de ropa y mantas, o al frío acumulado durante el día (la hipotermia puede instaurarse también lentamente). Generalmente estas situaciones se registran sobre todo en ancianos que viven solos, mal vestidos y en viviendas no bien equipadas Sanitariamente.

TRASTORNOS DEBIDOS AL FRÍO
La hipotermia puede condicionar las funciones orgánicas de algunos importantes aparatos, determinando modificaciones del flujo renal, del flujo cardíaco, de la permeabilidad capilar y de la ventilación pulmonar. La patología consiguiente a tales disfunciones puede caracterizarse por la presentación de hemorragias subcutáneas, por una menor producción de anticuerpos, edema cerebral, microinfartos y una reducción del metabolismo basal.
Inicialmente el cuadro clínico está a menudo constituido por manifestaciones psicóticas, alucinaciones, estados delirantes y confusionales. Sucesivamente pueden aparecer escalofríos intensos a modo de sacudidas, modesta bradicardia, hipertensión arterial y palidez cutánea.
Al empeorar la forma, pueden aparecer otros síntomas, como rigidez muscular, reducción de los actos respiratorios, alteraciones del ritmo cardíaco, marcada disminución de los reflejos nerviosos y embotamiento del sensorio.
Cuando la temperatura rectal alcanza valores especialmente bajos (alrededor de 20 °C) sobrevienen el coma y la muerte.

Para prevenir o suprimir una predisposición patológica a la hipotermia es necesario eliminar todas aquellas situaciones que constituyen la causa del fenómeno y que pueden resumirse en el siguiente esquema:
• considerar como riesgos más probables la falta de autosuficiencia del páciente y las condiciones ambientales no idóneas;
• tratar de conseguir un buen sistema de calefacción y de aislamiento térmico de las viviendas;
• proporcionar una alimentación suficiente y adecuada;
• elegir cuidadosamente y con inteligencia la ropa necesaria (caliente, ligera, fácil de usar);
• organizar un control de las viviendas (incluso periódico), llevado a cabo por parte de los auxiliares sociosanitarios, de los familiares o de los vecinos de la casa, para controlar las condiciones de la vivienda;
• convencer al anciano de que se mantenga lo más activo posible durante el día (paseos, gimnasia);
• prestar especial atención a la incontinencia.

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