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EL DEPORTE EN EL ANCIANO
Los MÉDICOS y el personal que trabaja en el área de salud coinciden en recomendar la práctica de deporte y de ejercicio también durante la tercera edad, siempre y cuando se respeten las exigencias y la capacidad física del organismo, que no
débe someterse a esfuerzos excesivos ni a estrés psicológico. La moderación es, en efecto, el principal criterio aue hay que seguir.
Las costumbres y la forma de vida de la sociedad moderna han creado un creciente sedentarismo que, por los daños que puede ocasionar a la salud del individuo, puede considerarse incluso un verdadero problema social.
La disminución de la actividad muscular, asociada a una alimentacion incorrecta, conduce fácilmente a la instauración de un exceso de peso corporal que en un círculo vicioso acentúa la tendencia al sedentarismo.
El hombre, por estas actitudes irracionales, está avanzando hacia un deterioro de sus posibilidades de adaptación física y psicológica a la vida actual, comprometiendo así el patrimonio biológico necesario para sobre vivir a las frustraciones del ambiente.
Al mismo tiempo, y sobre todo en los países más desarrollados, ha aumentado la consciencia de la importancia del estilo de vida en el proceso de envejecimiento y en el riesgo de invalidez que comportan diversas enfermedades asociadas a la edad avanzada. Se está así extendiendo una cultura del movimiento, que sin embargo es a menudo entendida de forma demasiado superficial. La falta de un conocimiento preciso en el campo
de la actividad física más indicada en la tercera edad puede resultar perjudicial en lugar de beneficiosa para el anciano.
ACTIVIDAD FÍSICA
Y ENVEJECIMIENTO
Un viejo eslogan afirmaba: “Moverse, no para rejuvenecer, sino para envejecer bien”.
El envejecimiento puede considerarse el resultado de los cambios del individuo en relación al ambiente (ambiente externo e interno). Cuanto más precoz e intenso sea el envejecimiento, tanto menos capaz será el individuo de adaptarse a los cambios sufridos.
Parece ser que el grado de deterioro psicofísico que se registra con el envejecimiento, incluso en los años que pueden considerarse de presenilidad, no se debe de forma exclusiva al desgaste, sino también al tipo y a la entidad del ejercicio realizado hasta ese momento. La vida sedentaria constituye, en efecto, un factor favorecedor del envejecimiento precoz y del riesgo de aparición de numerosas enfermedades.
Se ha observado que con una actividad física que suponga un consumo mínimo de 500 calorías a la semana y uno máximo de 3.500 calorías se obtiene un aumento de la longevidad, con la correspondiente reducción del riesgo de muerte de un 30 a un 50 %; estadísticamente, en los sujetos entre los 74 y los 80 años que realizan algún ejercicio físico se obtiene, en relación a los sedentarios, un beneficio que puede llegar a los 2,33 años de vida más. En el caso de sujetos ancianos, estas cifras son aplicables sólo a una actividad física moderada; en caso de deportes “fuertes” y muy cansados (con un consumo de calorías superior a las 3.500 a la semana) el efecto es, por el contrario, más perjudicial que beneficioso.
POSIBILIDADES FÍSICAS DEL ANCIANO
Se ha observado que algunas actividades biológicas, al avanzar la edad, se mantienen prácticamente idénticas con el paso del tiempo; otras, en cambio, como la fuerza muscular, la resistencia al trabajo prolongado, la frecuencia cardíaca en relación al esfuerzo o la actividad cardiovascular, se reducen, produciéndose in aumento del peso corporal, de la presión arterial y del volumen cardíaco.
Si por un lado es verdad que en la denominada tercera edad la capacidad de realizar esfuerzos intensos y concentrados disminuye de forma notable, no hay que olvidar que la posibilidad de realizar ejercicios de resistencia, y por tanto de intensidad no elevada pero prolongados, puede mostrarse apenas reducida. Tal circunstancia se da con mayor frecuencia cuando a edades anteriores se ha mantenido cierto grado de entrenamiento, no intenso pero sí constante, que ha mantenido los “engranajes” bien engrasados. Mientras se dediquen a realizar actividades físicas dentro de los límites de sus posibilidades, muchos ancianos pueden efectuar un trabajo prolongado, con una frecuencia cardíaca más baja y con menos signos de cansancio que los manifestados por sujetos más jóvenes.
EFECTOS DEL DEPORTE SOBRE EL ORGANISMO
ANCIANO
En el anciano, el sedentarismo puede conducir a una disminución o incluso a una pérdida de la autonomía física: incapacidad para moverse y realizar actividades cotidianas como vestirse, desnudarse, lavarse o comer solos, Este riesgo, en absoluto remoto, posee obviamente notable importancia no sólo desde el punto de vista personal y familiar, sino también desde el punto de vista sanitario, económico y social.
Una actividad física regular y suficientemente intensa produce siempre, en cambio, efectos beneficiosos: concretamente, se han observado cambios favorables en las pruebas de electrocardiograma, en la estructura corporal, en la fuerza muscular y en las respuestas hormonales al ejercicio físico. Por otro lado, los tests psicológicos han mostrado una mejora de la capacidad mental, con la clara sensación subjetiva de mejora y de bienestar físico.
UTILIDAD DE LA ACTIVIDAD FÍSICA
Al disminuir la eficiencia psicofísica es indispensable buscar estímulos, con objeto de retrasar la evolución y la instauración de actitudes características de apatía, de escasa participación, de sedentarismo o de pérdida notable o total de la movilidad.
La actividad física determina estímulos psicológicos y neurológicos muy beneficiosos que actúan sobre el aparato cardiovascular, sobre el respiratorio y sobre el aparato muscular, pudiendo constituir en ocasiones el mejor medio para resolver ciertos problemas de invalidez.
El control neuromuscular ejercido durante cualquier actividad provoca una distensión psíquica y una potenciación del estado general que pueden modificar ciertas actitudes negativas del individuo, proporcionando una nueva chispa a su vida.
En tales condiciones el anciano puede redescubrir sus posibilidades físicas reales y sentirse gratificado. De hecho, son bien conocidos los efectos positivos de la actividad f ísica sobre la funcionalidad del organismo y sobre la sensación de bienestar. El aparato digestivo puede mejorar su motilidad y su secreción intestinal, corrigiendo la tendencia al estreñimiento, favorecida por el sedentarismo; en el sistema cardiovascular aumentan las posibilidades de transporte de oxígeno por un aumento del volumen cardíaco y una mayor afluencia de sangre a los tejidos orgánicos y sobre todo a los músculos. El mayor aflujo sanguíneo facilita la captación de oxígeno del aparato respiratorio, estimula el desarrollo de las fibras musculares y da lugar a una disminución de la grasa subcutánea. Tales efectos suponen un aumento del tono muscular y de la capacidad de contracción del músculo. En resumen, mediante la actividad física quedan compensadas precisamente las limitaciones que generalmente se instauran y se agravan al avanzar la edad. No obstante, la actividad física actúa favorablemente también sobre otros procesos metabólicos y biológicos: de forma especial, se observa un aumento de la hemoglobina y del volumen de la masa de sangre, una mejora de los procesos de coagulación, una reducción de lípidos en sangre, una utilización metabólica más correcta de los azúcares y una activación del metabolismo del calcio y del fósforo.
CRITERIOS DE ELECCIÓN DEL DEPORTE
Para que el ejercicio físico se transforme en el anciano en un útil medio de prevención o de tratamiento, evitando efectos perjudiciales, es necesario que sea correctamente elegido y programado. Ante todo, han de de terminarse los tipos de trabajo que deben desarrollarse, valorar las posibilidades físicas del sujeto para realizarlo y, por último, adaptarlo a las características culturales, al ambiente y a las posibilidades de efectuarlo con constancia según ritmos concretos. Por consiguiente, deberán dosificarse cuidadosamente la intensidad y la duración del ejercicio y las condiciones en las que ha de desarrollarse. Se debe asimismo estudiar atentamente la dosis de cansancio muscular en relación a las características personales y a las limitaciones, que en ocasiones son impuestas directamente por familiares por un sentido desmedido de protección.
La mejor forma de valorar la conveniencia de un ejercicio consiste en constatar su grado de tolerancia y verificar la finalidad que persigue y las posibilidades que encierra de estimular gradualmente al individuo (considerando que todos los compartimientos musculares deben estar implicados), teniendo siempre en cuenta su edad y la capacidad de su organismo. Es importante establecer una serie de parámetros que es mejor no sobrepasar si no se quiere comprometer o incluso convertir en negativos los beneficiosos efectos inicialmente obtenidos.
Son muchísimos los gimnasios que promueven programas estudiados específicamente para los ancianos.
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