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LLEGA LA TERCERA EDAD
SI ES VERDAD que es posible definir biológicamente las distintas fases de la vida y que la última de ellas es fruto del envejecimiento, también es verdad, por otro lado, que existe una actitud psicológica ante la vejez distinta de unas personas a otras:
hay quien se siente viejo y se abandona a tal estado y quien, por el contrario, siente que está viviendo una “juventud madura”.
“El hecho de envejecer representa un concepto relativo. La senectud responde al estancamiento o a la disminución de las posibilidades intelectuales, por una reducción de la capacidad de aprendizaje, de memorización y de creatividad.
Sin embargo, precisamente porque se define de esta forma, no existe ya una edad típica para su aparición, si bien las probabilidades de presentación aumentan a medida que se van cumpliendo años. La velocidad con que todo esto puede ocurrir depende de nosotros mismos, de la capacidad para cultivar nuestro interés y nuestra curiosidad no sólo intelectuales, sino también hacia actividades de cualquier tipo.” Son palabras de una persona doblemente competente en la materia: Sir John Eccles cumplió hace ya tiempo los ochenta años y en 1962 fue premiado por sus estudios con el Nobel de Medicina.
Envejecer es, por consiguiente, un concepto relativo. Pero, ¿cuándo se empieza realmente a envejecer? Si consideramos todas las funciones fisiológicas de esa maravillosa máquina que es nuestro cuerpo, puede decirse que a partir de los 30 años. Si lo que consideramos es el cerebro, entonces empezamos a envejecer en el momento en que nacemos. Las neuronas del cerebro crecen y se multiplican a una velocidad inimaginable mientras el niño permanece en el vientre materno. Después del nacimiento, comienzan a morir a un ritmo constante.
Se trata de una erosión continua, que no podemos detener, pero si acelerar cuando se lleva una vida estresante y sedentaria o no se respeta una alimentación adecuada. Sin embargo, podemos retrasar los efectos del envejecimiento llevando una vida equilibrada en todos los aspectos y haciendo uso de los extraordinarios medios que brinda hoy en día la medicina.
LOS CINCUENTA AÑOS
Si ya es imposible especificar cuándo comienza la vejez desde un punto de vista puramente físico, resulta aún más difícil establecerlo desde el punto de vista psíquico. Un individuo es viejo cuando se siente viejo y vive como tal. Es decir, desde nuestro punto de vista, cuando está cansado de vivir, cuando el mundo que lo rodea ya no le interesa ni le emociona. La indiferencia se impone. Indiferencia a los placeres, a las alegrías, a las emociones de la vida.
Por ello preferimos no hablar de vejez, sino de tercera edad, que quizá comienza en el momento en que, de forma más o menos consciente, el individuo se da cuenta de que el tiempo que le queda por delante no es infinito. No puede ya permitirse el lujo de desperdiciar días, meses, años, porque cada vez le quedan menos.
Comienza la cuenta atrás. Ocurre en torno a los 50 años. Y tomar conciencia de ello no es ciertamente agradable, sino que, por el contrario, la primera reacción es de tipo depresivo. Quien no ha visto aún realizadas sus aspiraciones se da cuenta de que le quedan ya menos oportunidades. Quien ha cumplido sus deseos siente que no podrá seguir manteniendo durante mucho tiempo la supremacía en el trabajo, la familia o el ambiente social.
Más a menudo de lo que se cree, esta toma de conciencia tiene un efecto de sacudida positivo. La cuenta atrás ha comenzado, de acuerdo, pero precisamente por esto no hay tiempo que perder.
Instintivamente se trata de aprovechar mejor los días que quedan por delante y las cosas que la vida va ofreciendo día a día. Se selecciona más y se está menos condicionado por la opinión de los demás. Es entonces cuando se evitan las relaciones inútiles, porque no aportan nada. Pocos amigos, pero buenos, con los que poder ser uno mismo. Se recuperan los afectos familiares, pero con una dimensión distinta, de mayor tolerancia, porque se deja correr todo lo que no es realmente importante, todo cuanto es mera formalidad.
DEL TRABAJO A LA PENSIÓN
Sin embargo, para alcanzar esta orilla tranquila hay que superar un abrupto escollo. Y ya no sólo son los hombres quienes deben enfrentarse a él, sino también las mujeres. Nos referimos al momento de la jubilación, que por otro lado cada día es más precoz. Hombres y mujeres son desplazados para dejar su sitio a los jóvenes y la amargura les invade. El patrimonio de experiencia de estas personas parece no interesar a nadie; es algo superado, que se puede desechar.
Y a la persona con él.
Sin duda alguna, tal circunstancia constituye todo un trauma, tanto más agudo cuanto más inmerso se halla el individuo en cuestión en la propia actividad (como realización de sí mismo, reconocimiento de los demás, conquista de una posición social). Y más destructivo para el equilibrio psicofisico,del individuo cuanto menos haya cultivado a lo largo de su vida otros intereses, como apunta precisamente John Eccles.
La jubilación puede ser, y sin duda debería serlo período rico y satisfactorio, en la medida que el anciano trabajador, liberado de la obligacion de un trabajo que puede que no fuese totalmente de su agrado, puede ya por fin gozar de aquellas cosas a las que no pudo dedicar mucho tiempo durante su vida como trabajador activo. Puede que sea ésta una visión idealista, pero no hay duda de que para muchos es una realidad. No obstante, muy a menudo es precisamente la persona que ha encontrado mayores satisfacciones en su trabajo la que mejor sabe aprovechar su jubilación, mientras que para quienes se han visto obligados a desempeñar trabajos ingratos, la jubilación supondrá una época de aburrimiento.
Sin embargo, el principal peligro de la jubilación reside quizá en el hecho de que generalmente coge por sorpresa al jubilado, sin que éste haya tenido tiempo de tomar conciencia de cuanto le estaba ocurriendo ni de prepararse para la nueva situación.
LA VIDA EN SOLEDAD
Con la pérdida del trabajo se produce también la ruptura de las relaciones de amistad y de costumbres sociales. A tal respecto se dice a menudo que la soledad es la plaga de la vejez.
Inevitablemente, en el momento en que se pierde al cónyuge, los amigos y los coetáneos mueren o surgen enfermedades con eventuales limitaciones en la movilidad o pérdida del sentido del oído, la soledad puede convertirse en origen de un gran sufrimiento. No obstante es importante no confundir la soledad con el hecho de estar solos. Muchas personas viven solas y son relativamente felices, mientras que otras, y no sólo ancianos, pueden sentirse solas en medio de una muchedumbre. No hay duda, sin embargo, de que la soledad constituye para los ancianos un problema real y es precisamente en estos casos cuando las organizaciones de voluntarios pueden ser de gran utilidad, ofreciendo personas de compañía y organizando toda una red de clubs y centros de ocio así como un servicio de transporte.
La vida es evolución.
Crecimiento, cambio y adaptación continuos, lo cual nunca es fácil ni para un niño, y mucho menos para un adoles cente. A los 50, 60 070 años hay que seguir cre ciendo, cambiando y adaptándose. Con la ven taja, respecto a las etapas anteriores, de tener un mejor conocimiento de uno mismo, de las propias necesidades y, sobre todo, del mundo. Lo cual resulta suficiente para rechazar lo que no interesa, pero no para impedir nuevos descubrimientos.
Y siendo buenos exploradores nos daremos cuenta de que siempre y a cualquier edad existen tesoros ocultos.
Más viejos, menos viejos
NOS HALLAMOS a las puertas de una gran revolución ( ha empezado ya?), eso sí, incruenta. Pero de una envergadura incalculable por los cambios que supondrá en la forma de entender y organizar la vida del hombre. Grey revolution”, la han llamado los norteamericanos, es decir, revolución gris, o sea, de los ancianos. En efecto, cada día son más bajos en todo el mundo los índices de fertilidad.
El número de nacimientos será con toda probabilidad igual al de fallecimientos (lo que equivale a decir que se llegará a un crecimiento cero de la población, la longevidad está superando límites impensables hace 40 o 50 años.
Alcanzar el umbral de los 80 años es hoy un hecho totalmente normal. La mujer, cuya esperanza de vida es seis o siete años mayor que la del hombre, lo ha sobrepasado ampliamente, encaminándose hacia el umbral de los 90. En 1986 los mayores de sesenta y cinco años representaban ya el 11,28% de la pobláción. Pero dentro de veinte años uno de cada tres españoles habrá superado esta edad. Y, de aquí a cincuenta años, cien personas en, edad de trabajar deberán “mantener” a 75 ancianos.
Habrá que buscar soluciones. Como la de alargar la vida profesional, retardando la jubilación para todos, sin distinción de sexo.
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