 
|
LA ASISTENCIA AL PACIENTE ANCIANO AUTOSUFICIENTE
CUANDO un anciano cae enfermo, se plantea la disyuntiva entre asistirlo en su propia casa o internarlo en un hospital. Siempre que sea posible, la primera solución es sin duda preferible, pues se evita la separación traumática del enfermo de su
familia y de los hábitos cotidianos.
Un anciano convaleciente o necesitado de cuidados que quizá se prolonguen en el tiempo debe ser asistido, si es posible, en el propio ambiente doméstico, rodeado del afecto del cónyuge
o de los hijos. Lo ideal sería, aunque no siempre es posible dado los altos costos, que lo asistiera una enfermera.
EL CUIDADO AL ANCIANO ENFERMO
La presentación de una enfermedad en un anciano plantea siempre a la familia de éste un problema muy comprometido: ¿tratar al paciente en casa o internarlo en un hospital? Las circunstancias que decantan la elección hacia el internamiento son fundamentalmente dos: la imposibilidad objetiva de asistir al enfermo por parte de los familiares y la necesidad de llevar a cabo pruebas diagnósticas o tratamientos realizables sólo dentro del ámbito hospitalario. Al margen de estas dos situaciones, en cuya valoración debe naturalmente intervenir el médico, la asistencia domiciliaria debe tener siempre preferencia.
La presencia en casa de un anciano enfermo, aun siendo éste autosuficiente, supone indudablemente sacrificios y tensiones, pero también proporciona elementos de gratificación que pueden consolidar los vínculos afectivos existentes entre los miembros de la familia.
Para la persona anciana, el tratamiento en casa presenta sólo ventajas, siempre y cuando se realice con un mínimo de eficiencia y de amor. Por el contrario, el anciano vive el internamiento en un sanatorio como una separación traumática de los hábitos de vida y como un salto en el vacío, como si se tratara del comienzo del distanciamiento definitivo que llegará con la muerte, evento obsesivo y presente siempre en sus pensamientos.
Una vez que se haya decidido cuidar en casa al anciano enfermo, será conveniente realizar
unos pocos aunque imprescindibles preparativos, tanto por el bien del anciano como por el de las personas sobre las que en mayor medida va a gravar su asistencia.
LA HABITACIÓN
Se deberá instalar al paciente solo en una habitación, a ser posible la más tranquila de la casa, pero al mismo tiempo también la más abierta o la más susceptible de abrirse al mundo exterior.
En efecto, en las largas horas de su enfermedad, es bueno que el paciente no quede totalmente aislado de la vida normal; a tal fin, bas ta muchas veces con que pueda, si así lo desea, mirar cómo pasan los coches o contemplar a los niños que juegan en el patio de la casa.
La habitación de la persona anciana y enferma deberá mantenerse rigurosamente limpia y ordenada y, en la medida de lo posible, deberán sacarse de ella todos los muebles superfluos. Será de gran utilidad colocar, en una posición fácilmente accesible desde la cama, una mesilla recubierta con una toalla siempre perfectamente limpia, sobre la cual se depositarán en orden los instrumentos y el material de uso corriente en la asistencia al enfermo: termómetro, algodón, alcohol, vaso, etcétera.
LA CAMA
Para agilizar el trabajo de las personas que asisten al enfermo, es conveniente que el plano de la cama esté más alto de lo normal y alcance al menos los 60 cm, como las camas que se utilizan en los hospitales. Ello puede obtenerse fácilmente colocando unos tacos debajo de las patas de la cama del enfermo.
LA ILUMINACIÓN
Será necesario prestar especial atención a la iluminación diurna y nocturna de la habitación. El paciente ha de poder contar con la penumbra necesaria en sus momentos de descanso, pero sin caer en la tristeza de un ambiente constantemente mal iluminado. Evidentemente, también las personas encargadas de la asistencia del paciente, y en primer lugar el médico, necesitan una buena iluminación.
Constituye, por tanto, una buena regla general instalar en la habitación una fuente de luz suplementaria, capaz de proporcionar una luz intensa, pero indirecta, de forma que el ambiente sea bastante luminoso pero que no llegue a molestar el enfermo.
- LA RECOGIDA DE DATOS CLÍNICOS
La asistencia ordinaria puede articularse básicamente en dos series de funciones: la recogida de todos los datos que puedan interesar al médico y la puesta en práctica de las prescripciones de éste; y, por otro lado, los cuidados físicos y psicológicos.
Los datos de utilidad para el médico no son muchos, pero todos ellos han de ser recogidos con regularidad y cuidado y anotados en un cuaderno, en el que, día tras día, hallarán reflejo las vicisitudes más importantes de toda la en fermedad. Los datos fundamentales son: la temperatura, el pulso y la frecuencia respiratoria, tomados por la mañana y por la noche; la can tidad de orina eliminada en 24 horas y las heces, cuya consistencia es también conveniente observar, así como el color y la eventual presencia de sangre y de moco; la duración y las características del sueño (profundo, inquieto, inconstante, etc.); las eventuales molestias referidas por el paciente, y la cantidad de líquido ingerido. La administración de los medicamentos debe realizarse respetando los tiempos y las formas establecidos por el médico; cualquier reacción que se considere anómala deberá ser anotada y, si su naturaleza o envergadura despiertan preocupación, inmediatamente comunicada al médico.
LA ASISTENCIA
La asistencia al paciente anciano autosuficiente es, por consiguiente, relativamente sencilla, si bien debe prestarse con regularidad y extrema diligencia, ya que de ella dependen en parte el bienestar físico y psicoemocional de la persona enferma y la tranquilidad de la familia. Por la mañana, se debe permitir al paciente orinar y eventualmente defecar con tranquilidad. Las dos funciones deben realizarse, a ser posible, en dos recipientes distintos, con objeto de poder examinar por separado ambos productos. A continuación el paciente se lavará las manos y la cara, se peinará y se lavará los dientes. Si no se encuentra en condiciones de hacerlo, lo hará la persona que lo asista.
Una vez llevada a cabo la higiene matutina, se procederá a arreglar la cama, de forma que las sábanas y las mantas queden perfectamente tensas; luego se aireará la habitación, restableciendo, sin embargo, inmediatamente después una temperatura agradable. Cuando se hayan renovado las condiciones ambientales óptimas, se tomará la temperatura y las frecuencias cardíaca y respiratoria del paciente. Por último, una vez instalado el anciano de la forma más cómoda para él, se le servirá el desayuno, siguiendo estrictamente la dieta establecida por el médico. Transcurrido un corto período de tiempo, se podrá proceder a lavar al paciente en toda su ex tensión corporal.
LA HIGIENE
Al contrario de lo que pueda parecer, el hecho de tener que lavar a un paciente en su cama
no requiere especial habilidad y tampoco ocupa demasiado tiempo: únicamente hace falta un poco de paciencia y de delicadeza.
Una vez apartadas las sábanas, en una habi tación a una temperatura agradable, debe en volverse al paciente en una toalla gruesa, lo su ficientemente grande como para cubrirlo totalmente, al mismo tiempo que se coloca otra toalla para proteger la sábana que cubre el colchón. A continuación, con un guante de material esponjoso empapado en agua caliente y usando un jabón neutro del tipo de los utiliza dos para los niños, se procederá a lavar cara, orejas, cuello, hombros, brazos y tórax, destapando cada vez sólo las zonas del cuerpo que se vayan a lavar inmediatamente. Cuando la mitad superior del cuerpo haya sido lavada, el paciente se pondrá el camisón (preferiblemente pijama) hasta la cintura. Así se podrá proceder al lavado del resto del cuerpo. Si el paciente puede o desea hacerlo él mismo, no hay que impedírselo, sino sólo comprobar que lo hace de modo completo y correcto.
Naturalmente, el secado de las partes que vayan siendo gradualmente lavadas ha de ser perfecto: debe realizarse con suma delicadeza y con toallas suaves, para no molestar al paciente, cuya piel es a menudo muy sensible.
LAS VISITAS
Durante el día es muy importante llegar a un equilibrio entre las exigencias del paciente, entre las que el reposo y el sueño tienen una importancia primaria, y las de las personas que lo atienden y que no pueden convertirse en víctimas de los eventuales caprichos del enfermo anciano.
En este marco, también las visitas de los parientes y de los amigos deben atenerse a horarios que no interfieran con las necesidades de reposo y tranquilidad del paciente ni con las exigencias de las personas que lo asisten.
Estas indicaciones hacen referencia a las condiciones ideales de asistencia a un enfermo anciano en casa; por desgracia, sin embargo, contrastan a menudo con las exigencias o situaciones de la realidad cotidiana, por lo que la tendencia cada día más frecuente es el internamiento en un hospital y, en el mejor de los casos, en una residencia para ancianos enfermos.
Del análisis de las familias con enfermo anciano se han deducido una serie de características fundamentales: la carga asistencial recae a menudo en personas también ancianas, en ocasiones con problemas de salud; con frecuencia la familia no está preparada para afrontar el sufrimiento de esa persona allegada o demuestra un conocimiento de las enfermedades o de las operaciones asistenciales absolutamente insuficiente.
|
|