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LA ANEMIA EN EL ANCIANO

anemiasNO ES CORRECTO considerar que la anemia del anciano es simplemente una consecuencia normal del proceso de envejecimiento. La aparición de esta patología puede ser en cambio indicativa de la aparición de una grave enfermedad o
de carencia de hierro causada por una dieta desequilibrada o incompleta.

La frecuencia de las anemias aumenta al avanzar la edad, tanto entre los hombres como entre las mujeres; no siempre se trata, sin embargo, de una consecuencia normal del envejecimiento. La aparición de anemia en un paciente anciano puede señalar la presencia de una patología grave: estos pacientes deben por tanto someterse a una valoración tan cuidadosa como la que se dedica a pacientes más jóvenes.

VARIACIONES DURANTE LA VEJEZ

Médula ósea.
La médula ósea disminuye gradualmente de volumen a partir de la adolescencia y su involución es particularmente acusada en periodo presenil (45-60) y senil (por encima de los 60 años), con pérdida máxima a cargo de las tibias, las costillas y las vértebras, donde el tejido medular activo es sustituido por tejido conectivo y tejido adiposo. A partir de los 60 años el número de células (100.000/mm se reduce a la mitad.
Por otro lado, la hematopoyesis (producción de sangre) es también menor en el anciano, sobre todo la producción de glóbulos rojos con respecto a la de glóbulos blancos.

Sangre.
El volumen hemático se halla en general disminuido y la viscosidad está aumentada en relación al adulto. El recuento de glóbulos rojos arroja en general valores de 3,0 ± 3,5 millones/mm y la hemoglobina es inferior a los 11 g.
La vida media de los eritrocitos (glóbulos rojos) puede alcanzar los 154 días, frente a los 120 días que alcanza en el joven adulto.
Los glóbulos rojos pierden algunos constituyentes bioquímicos, como el cobre y ciertas enzimas. No se producen cambios significativos en el número global de glóbulos blancos y de plaquetas.

Bazo y ganglios linfáticos.
El tejido linfático, incluidos ganglios y bazo, disminuye de volumen y paralelamente disminuye el número de folículos linfáticos. En el anciano el bazo y también los ganglios linfáticos pueden pesar un 50 % menos que en un individuo adulto. Como norma general, los órganos del anciano tienden a la atrofia y al deterioro funcional, y en consecuencia el equilibrio del organismo anciano es encierta forma inestable y susceptible de ser roto por muchos factores. A ello contribuye también la sedentariedad y el estilo de vida “auto limitante” del anciano, que tan importante papel desempeñan a la hora de acelerar el deterioro físico y psicológico.

LAS ANEMIAS MAS FRECUENTES
Cuando en un paciente anciano es posible definir la causa de la anemia, las formas etiológicas resultan básicamente similares a las descritas en pacientes jóvenes: la carencia de hierro por hemorragias crónicas y la anemia por patologías crónicas constituyen en efecto las formas más frecuentes. En los pacientes ancianos que viven sólos, se observa además cierto aumento de la incidencia de anemias por carencias vitamínicas atribuibles a una alimentación inadecuada.
Anemias por aporte insuficiente de hierro.
La deficiencia de hierro puede depender de muchos factores, como una dieta desequilibrada con demasiados derivados de la leche a expensas de alimentos ricos en hierro.
Puede existir también un aporte insuficiente de vitaminas (grupo B y C).
Anemias por escasa absorción de hierro.
En el anciano, la disminución de la secreción ácida del estómago puede dar lugar a una absorción defectuosa e inadecuada tanto de hierro como de otras sustancias necesarias para la producción normal de glóbulos rojos por parte de la médula. Pueden existir también otros factores causales: abuso de alcohol y tabaco, y ciertos procesos inmunológicos, con el consiguiente círculo vicioso: atrofia gástrica - hiposideremia (disminución del hierro en sangre) - anemia - atrofia gástrica.
Los varones resultan afectados con mayor frecuencia en edad madura y anciana. La anemia de este tipo puede deberse también a intervenciones quirúrgicas del estómago (gastrorresección) y a colitis crónica, ya que estas dos condiciones suponen una disminución de la absorción de hierro. Una disfunción pancreática en general da lugar a síntomas digestivos con posible malabsorción del hierro.
Anemias posthemorrágicas.
Derivan de una pérdida crónica de sangre, ya sea oculta o clínicamente reconocible. Las causas más frecuentes son: rotura de varices en las bronquiectasias, epistaxis en la hipertensión, rotura de varices esofágicas, repetidas hemorragias microscópicas del tracto gastrointestinal debidas a menudo a diverticulosis o úlcera gastroduodenal, lesiones malignas, enteritis y hemorroides.
• Anemias por malposición del estómago.
La hernia de hiato es muy común en los ancianos y su incidencia aumenta a partir de la quinta década de vida. La administración de la cantidad adecuada de comida se torna difícil debido a que la deglución resulta dolorosa; a menudo, el paciente evita los alimentos sólidos y prefiere una dieta semilíquida, con escaso aporte de hierro.
También en este caso una deficiencia de hierro causa atrofia de la mucosa gástrica y, debido a un círculo vicioso, da lugar a una condicion de malabsorción. Eventuales hemorragias a partir de la hernia aumentan las pérdidas de hierro.
Los síntomas varían y a menudo permanecen ocultos durante mucho tiempo, para hacerse manifiestos sólo a edades avanzadas. Los más comunes son: cansancio, dificultad y angustia respiratoria, aumento de la frecuencia cardíaca, vértigo, dolores torácicos en la región cardíaca, deglución dolorosa. La atrofia de la mucosa de la boca y de la lengua y la presencia de pequeñas llagas y grietas muy dolorosas en las comisuras de la boca son muy frecuentes. Las uñas se tornan a menudo muy frágiles y de superficie cóncava (uñas en cuchara).
Anemias por enfermedades crónicas y por fármacos.
En el anciano son comunes las infecciones crónicas (tuberculosis, bronquiectasias, bronconeumonías de evolución lenta, colitis crónica, angiocolitis recidivante y cistopielitis crónica), que pueden determinar un trastorno de la médula espinal. Una acción análoga pueden inducir la uremia, las hepatopatías crónicas y los tumores. Entre los fármacos, son especialmente temibles los antídiabétícos orales, los antirreumáticos y los diuréticos.
Anemias macrocíticas.
Estas anemias se deben en general a una alteración en la absorción, el almacenamiento y la utilización de los factores necesarios para una normal hematopoyesis (producción de glóbulos rojos); a enfermedades graves del hígado, a tumor o resección del estómago o a malabsorción de vitaminas.
Anemia perniciosa.
Contrariamente a cuanto ocurría en el pasado, esta enfermedad rara vez se observa ahora antes de los 50 años, probablemente debido a una mejor nutrición y al uso frecuente e incluso al abuso de extractos hepáticos y vitamina B
La deficiencia de vitamina B por una mala absorción de la misma y la atrofia de la mucosa gástrica hacen que el anciano se encuentre especialmente expuesto a la anemia perniciosa. Dicha condición puede ver se agravada por un tratamiento antibiótico prolongado, que dificulta la síntesis de vitaminas del grupo B. También una alimentación escasa (ingestión inadecuada de alimentos que contienen vitamina B puede constituir un posible factor causal.
El cuadro clínico difiere en cierta forma del que presenta el sujeto joven. En algunos casos la condición anémica pasa desapercibida y los síntomas, sobre todo los de naturaleza neurológica, gastrointestinal y cardiovascular, como la estomatitis, la dificultad en la deglución, las alteraciones de la sensibilidad cutánea, el cansancio, la anorexia, etc., se confunden con los de un deterioro físico general propio de la vejez. Los síntomas localizados en la boca (la atrofia de la lengua es a menudo muy marcada) y los neurológicos son a menudo anteriores en meses o años al cuadro clínico clásico de la en fermedad.
• Anemias refractarias.
Son bastante comunes a edad avanzada. Su causa y origen siguen siendo oscuros, En estas anemias las células de la médula ósea no son capaces de utilizar el hierro, probablemente por una de ficiencia enzimática. Esta anemia es refractaria a cualquier tratamiento antianémico, a excepción de las transfusiones.
La enfermedad puede durar mucho, con fases alternas de remisión y exacerbación, y la muerte puede sobrevenir a edad avanzada por infecciones diversas.

TERAPIA
El tratamiento de las anemias en el anciano es similar al que se instaura a las demás edades, aunque es necesario prestar atención también a una dieta equilibrada y orientada a la corrección de cualquier deficiencia alimentaria. Las vitaminas pueden garantizar el buen estado de la mucosa del tracto digestivo (estómago e intestino) y evitar así la malabsorción y la consiguiente menor capacidad de la médula ósea para producir glóbulos rojos. En la mayor parte de los casos, debe evitarse el empleo de laxantes, a no ser que sean estrictamente necesarios.
En la anemia por carencia de hierro puede ser más práctico administrar el hierro por vía endovenosa que por boca o por vía intramuscular, vías éstas no siempre eficaces por la inconstancia de la absorción y por la dificultad del anciano para autogestionar su terapia. Como norma general, se necesitan 150 mg de hierro para obtener un aumento de hemoglobina de 1 g. La anemia se hace manifiesta sólo cuando se agota el hierro depositado en los tejidos, equivalente en general a 100-150 mg. En la anemia perniciosa del anciano resulta también eficaz la vitamina B sola o asociada a ácido folico, así como otras vitaminas del grupo B y los extractos hepáticos. La vitamina B ha de administrarse preferentemente por vía intra muscular; se alcanzan de esta forma valores de glóbulos rojos y de hemoglobina superiores a los de origen en muy poco tiempo.

 

 

 

 

 

 


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