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EL ALCOHOLISMO EN EL ANCIANO

el alcohol en el ancianoENTRE LOS ANCIANOS es frecuente el abuso de bebidas alcohólicas, viéndose por tanto acentuados los trastornos neurológicos y de comportamiento propios de la vejez. En efecto, se ha visto que el alcoholismo crónico debe considerarse un verdadero factor de envejecimiento, no sólo físico sino también psíquico.

Existen refranes muy conocidos que sostienen que el vino no debe considerarse un alimento perjudicial, sino que en el anciano desempeña incluso una función energética y euforizante favorable y estimulante y que es un importante componente de la dieta.
Estas ideas transmitidas por nuestra cultura y nuestras tradiciones populares son compartidas y sostenidas también por los médicos. Pero, independientemente de esta actitud, la importancia del alcohol en la alimentación en general, y en particular en el anciano, es una cuestión que desde hace tiempo está suscitando perplejidad y dudas. Según valoraciones compartidas ya por especialistas, el alcohol debe considerarse un alimento aportador de calorías “vacías” o en cualquier caso “pobres”, careciendo casi totalmente de valor nutritivo. Además, se corre el riesgo de que en muchos sujetos, especialmente si son de edad avanzada, pueda tomarse como sustituto de otros alimentos más completos desde el punto de vista nutricional.

CUÁNTO PUEDE BEBER EL ANCIANO

La cantidad de alcohol que puede ser teóricamente ingerida diariamente sin provocar daños debe calcularse teniendo en cuenta la limitada capacidad del organismo para metabolizar el alcohol etílico y la energía liberada de la oxidación del alcohol etílico no utilizada en la regulación de la temperatura corporal ni en el trabajo muscular. Cabe recordar a este respecto que la sensación de calor posterior a la ingestión de alcohol se debe solamente a la vasodilatación cutánea.
En términos cuantitativos el consumo de alcohol debe relacionarse con el metabolismo basal. La cantidad no debe superar el 50 % de las calorías de base. Sin embargo, una cantidad teórica tan elevada no es la óptima ni la recomendable. Es más bien el límite que no sólo no hay que superar, sino que no se puede alcanzar, si se quieren evitar posibles consecuencias patológicas. En efecto esta indicación teórica presupone la máxima eficiencia del organismo, condición que generalmente no se da, por las caracteríticas biológicas y por el estado nutricional, pero también por el tipo de alimentación.
El limite mencionado requeriría un aporte alimentario de otros constituyentes nutritivos en cantidades suficientes como para garantizar el mantenimiento del equilibrio nutricional. Pero si ello no siempre se registra en la persona adulta, con hábitos alimentarios discretamente elevados, resulta más difícil aún en el anciano, cuya alimentación se halla a menudo condicionada por los motivos ya citados. Estos motivos llevan a excluir de la dieta alimentos de valor nutritivo más completo porque son demasiado consistentes, porque se consideran de difícil digestión o por una escasa disponibilidad económica.
Por todas estas razones la cantidad de alcohol que el anciano puede tomar debe siempre guardar relación con las necesidades energéticas de base, que disminuyen generalmente al avanzar la edad. A los 65 años, el valor del metabolismo se reduce en aproximada mente un 21 % con respecto al de un adulto más joven.
Existen datos sobre los efectos positivos de dosis moderadas de alcohol sobre el sistema nervioso, sobre el aparato digestivo, sobre la funcionalidad renal, sobre el corazón, sobre el pulmón, sobre el sistema muscular y sobre la composición quimicofísica de la sangre. Por otro lado, el alcohol puede tener algún significado nutricional. A pesar de todo ello, siguen siendo indiscutibles los efectos negativos, incluso graves, que puede tener el alcohol ingerido en dosis no adecuadas. Dichos efectos se deben generalmente a administraciones habituales en dosis incluso no excesivas, pero en cualquier caso superiores a las reconocidas como óptimas e inapropiadas dadas las características de la persona.
Incluso en ausencia de signos de embriaguez, el anciano puede sufrir igualmente alteraciones orgánicas características del al coholismo crónico, en virtud de diversos mecanismos.
No obstante, hay que tener en cuenta que los aspectos de la cuestión alcohol-vejez no resultan en general fáciles de resolver. Existen luces y sombras, propiedades aceptables y acciones tóxicas indudables. Las eventuales dudas sobre las dosis óptimas o sobre los posibles efectos del alcohol sobre el organismo senil no deben ni pueden generalizarse, sino más bien resolverse caso por caso según la condición orgánica de la persona y evitando sobre todo los prejuicios.
Un aspecto que merece la pena subrayar es el riesgo de que el abuso de bebidas alcohólicas lleve al anciano al alcoholismo, con las inevitables y a veces dramáticas consecuencias que pueden facilitar o agravar la realidad o la predisposición a determinados síndromes psicogeriátricos.
Es conveniente a este respecto no infravalorar los motivos que inducen, alguna vez de forma demasiado simplista, a ver sólo los efectos positivos del alcohol. La mayor facilidad para comunicarse con los demás, una mayor extraversión y cierta simpática euforia son una realidad. Por otro lado, estos efectos pueden también ser consecuencia, a veces de forma preeminente, de circunstancias especiales y de la influencia de la situación ambiental,
Se puede reconocer, sin duda, que el problema se reduce a la dosis. Para el anciano el vaso de vino, aparte de proporcionar una agradable sensación gustativa y de producir cierta acción estimulante, puede permitir una modalidad de reacción que compense la escasa participación afectiva, el aburrimiento, el vacío ocupacional y la falta de integración en la realidad ambiental. Dado que estos estados psicoafectivos constituyen a veces la única motivación real para vivir del anciano, se puede pensar que el “vasito de vino” pueda estar justificado. Sin embargo, esta hipótesis no puede naturalmente justificar la solución del problema existencial a través del estímulo eufórico del alcohol. Si tuviésemos que aceptar el conocido aforismo “beber para olvidar”, se caería inevitablemente en una trágica espiral, en el fondo de la cual se encuentran los cuadros más graves y dramáticos de la neuropsiquiatría geriátrica.
El problema del alcoholismo a edad senil es sin duda complicado y diferente en función del punto de vista desde el cual se contemple: desde el punto de vista terapéutico, desde el asistencial o desde el de la convivencia en la comunidad, cada uno de ellos con un interés distinto dependiendo de si se tiene que resolver el problema del anciano que se ha vuelto alcohólico o el del alcohólico que ha llegado a la vejez.
Dado que las lesiones graves que un abuso repetido del alcohol determina en un organismo son en un determinado momento irreversibles, las actuaciones terapéuticas deben lógicamente prescribirse y llevarse a cabo antes de que se hayan producido tales lesiones. En dicho intento, y especialmente si se trata de ancianos, debe evitarse el error de esperar y centrarse demasiado en la participación activa y convencida del paciente. La reducción o la supresión total de la cantidad diaria de alcohol es posible sólo si el anciano no es aún un alcohólico crónico.
En efecto, si por un lado queda fuera de toda discusión la conveniencia de administrar pequeñas dosis a los sujetos sanos en busca de los efectos considerados positivos (ya mencionados), también queda fuera de toda duda que en sujetos afectados por una patología debida a alcoholismo crónico cualquier dosis puede agravar su estado tóxico de forma definitiva.
Con un tratamiento farmacológico y psicológico convenientemente orientado se pueden obtener buenos resultados, pero siempre y cuando se den ciertas condiciones. Antes de eliminar o sustituir la droga, es necesario entender las razones que han determinado dicho hábito. No hay que olvidar que el anciano puede recurrir a dicha evasión también para hallar una solución a sus problemas o para tratar de ignorarlos.

ALCOHOLISMO CRONICO

alcoholismoDado, por tanto, que el alcoholismo es una condición ligada a menudo a problemas sociales, sufre, al igual que en todos los fenómenos sociales, la influencia del ambiente y de sus cambios. Esta es la razón por la que se instaura en los años en los que surgen y deben afrontarse algunos problemas existenciales. A veces el anciano carece de motivos “dramáticos” que lo justifiquen. A menudo se trata sólo de una vieja costumbre con consecuencias obviamente muy diversas. Menos frecuente es el comienzo del hábito de la bebida a edad tardía, y muy raro, por otro lado, que los alcohólicos graves superen la edad presenil.
Una vez que el síndrome se ha instaurado y es ya evidente, se ven afectados, de forma llamativa, aparte de los distintos aparatos orgánicos, también la vida física y social, la coordinación de la memoria de los acontecimientos pasados y el comportamiento, restaurándose actitudes exhibicionistas.
La sintomatología neuropsiquiátrica en la persona anciana es siempre grave, porque actúa generalmente en un terreno ya afectado por alteraciones inherentes al proceso de envejecimiento y porque provoca y acentúa otros graves problemas (el estado de dependencia alcohólica, el miedo a la soledad, el deterioro físico, etc.).
Casi siempre el alcohólico crónico cuenta tras de sí con una serie de fracasos y desilusiones que, al llegar la vejez, pueden poner de manifiesto o incrementar una realidad de fracaso, provocando dependencia forzada, pérdida de prestigio, frustración y rechazo de la comunidad. En dicha situación el alcohol puede parecer la única posibilidad y la forma más fácil de alejar el miedo físico, el miedo sensorial, la angustia.
Los efectos terapéuticos son mayores cuando el hábito ha aparecido a edad tardía, mientras que cuando la situación se ha instaurado en la juventud el pronóstico, si el individuo logra sobrevivir, es siempre grave y el tratamiento más difícil. Aparte del tratamiento farmacológico, este enfermo requiere una actuación de apoyo y de ayuda psicológica para que pueda reconocer los motivos de su realidad, los problemas consiguientes y su eventual solución. En dicha acción terapéutica es indispensable la participación de la familia y del medio en el que vive el paciente.
Para el anciano que vive en una institución, el consumo de alcohol como inveterada o nueva costumbre puede hallar motivación en el trauma de la institucionalización, en la pérdida del papel social y familiar, en la inadaptación, en una situación de conflicto con la familia o con el nuevo grupo.
La terapia curativa puede ser individual o de grupo. Resulta de gran utilidad la ocupación motivada y gratificante del tiempo libre, porque puede eliminar o suavizar, dentro de ciertos límites, las razones que hemos visto que subyacen bajo el consumo de alcohol.
Sin duda alguna el alcoholismo crónico debe considerarse, por sus efectos sobre la estructura orgánica y sobre la psique, como un factor de envejecimiento, aunque se haya sostenido que dosis moderadas de alcohol pueden retrasar algunos aspectos de la senilidad. Puede presentarse desde un principio como un fenómeno crónico, por ingestión continua de dosis no apropiadas para esa persona en cuestión y sin que se observen trastornos llamativos. A veces el paciente alcohólico crónico puede incluso tener la sensación de que no ha sido nunca un bebedor empedernido.
El alcoholismo crónico subrepticio se halla caracterizado por matizadas sintomatologías de inapetencia, apatía e intolerancia con respecto al ambiente. Es la forma de alcoholismo más grave, porque puede instaurarse inconsciente e imperceptiblemente por el abuso continuo del alcohol. En tales circunstancias es necesario eliminar la idea de que el alcohol es un elemento nutricional necesario, insistiendo en la necesidad de un consumo muy prudente y no aceptando pues de ningún modo la idea de que el vino es realmente ‘la leche de los viejos”.
Precisamente en el organismo que está envejeciendo es en el que deben tenerse en cuenta en mayor medida los posibles efectos del alcohol, tanto en función de la dosis como de las condiciones físicas de la persona. A menudo el consumo de alcohol se convierte en el anciano en abuso, por el mantenimiento de hábitos adquiridos en la edad adulta y ligados a las condiciones sociales, al tipo de trabajo, a los hábitos de vida, a las costumbres alimentarias y a ciertas actitudes inherentes al carácter de la persona

 

 

 

 

 

 

 


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