LA AGRESIVIDAD, nace o la adquirimos

Agresividad en niños

Agresividad en niños

HA QUEDADO científicamente demostrado que el hombre no nace bueno o malo; es en sus condiciones de vida, más que en su naturaleza, donde hay que buscar las raíces de la agresividad en sus formas positivas o de la violencia, incluso en sus manifestaciones más evidentes, como son la guerra, la discriminación y los prejuicios.

Hemos insistido en varias ocasiones en la importancia de las primeras experiencias y de las primeras relaciones del niño con el ambiente que lo rodea y en la subsiguiente importancia de la familia, donde tienen lugar de forma natural estas experiencias y relaciones. En el caso del hombre, que es el ser vivo que presenta una evolución más lenta y compleja hacia la madurez biológica, resulta especialmente importante la influencia del ambiente social en el que nace y crece.

la agresividad

la agresividad

De este ambiente social, que ante todo tiene su representación en la familia, proceden en efecto los medios de supervivencia y los modelos sociales de comportamiento a los que ha de adaptarse y que le permitirán desarrollar su personalidad, desde la dependencia hasta la autonomía personal.

En las relaciones familiares hallan sus antecedentes los procesos de socialización y de identificación del sujeto; por ello en el seno de la familia tienen origen tanto el equilibrio y la estabilidad de una persona, como sus eventuales trastornos psicológicos. Resulta por tanto imposible realizar un análisis de la agresividad, ya sea como fenómeno social ya sea como aspecto del equilibrio individual, que no tenga en cuenta el papel desempeñado por la familia en su desarrollo y en sus manifestaciones.

La influencia de la familia en este sentido puede explicarse de dos formas: la familia puede proporcionar modelos de comportamiento y jerarquías de valores que llevan al niño a actuar de forma aprobada socialmente; o bien puede crear ciertas condiciones frustrantes y desorganizadoras, que a su vez pueden alterar irremediablemente el desarrollo psicosocial normal del niño.

La propia familia puede por tanto sugerir el comportamiento agresivo a sus miembros, como respuesta de adaptación, coherente con los valores de la cultura de la cual forma parte la propia familia. De hecho, al cambiar las culturas cambian de forma significativa también las manifestaciones de la agresividad, siendo muy importante determinar la función que le atribuyen la sociedad y la familia para poder comprender cómo nacen ciertos comportamientos y mecanismos.

agresividadExiste una estrecha relación entre los comportamientos de los padres frente a la sociedad y el comportamiento del niño en relación a los demás miembros de la familia y a los compañeros. Si los padres no se han adaptado bien a la sociedad, serán responsables de la inadecuada inserción social de sus hijos, y esta consideración es aplicable también al comportamiento agresivo: la observación en los adultos de cierta conducta violenta puede constituir de por sí para el niño la legitimación de dicho comportamiento, ya que el modelo que ofrecen los padres es el que tiene mayor poder de influencia.

La forma más eficaz de suscitar un comportamiento agresivo consiste en poner al sujeto en condiciones no sólo de no ser “castigado”, sino también de no sentirse “culpable”; y una vez que la agresividad ha entrado a formar parte de la experiencia, la misma sociedad indica las formas de comportamiento agresivo toleradas o prohibidas.

El modelo cultural influye en todo el proceso de adaptación a la realidad, sugiriendo cómo deben controlarse ciertos impulsos, no tanto según principios ideales, sino más bien según principios útiles y funcionales en relación a los fines perseguidos. De esta forma la familia influye en el desarrollo y en las manifestaciones de agresividad de forma socialmente aceptada, es decir educando a sus miembros para que hagan uso de los modos que la sociedad considera legítimos y útiles.

La segunda forma de influencia de la familia en el desarrollo y en la manifestación de la agresividad, generalmente hacia la inadaptación, es decir hacia condiciones frustrantes y desestabilizadoras, nos conduce a considerar el equilibrio emotivo en el seno de la familia. En este sentido, la familia se configura como un sistema dinámico de intercambios afectivos que condicionan tanto el desarrollo sano de cada miembro como el propio equilibrio del sistema familiar.

Las investigaciones realizadas por los psicólogos en estos últimos años han puesto de manifiesto que ciertas formas de patología individual son a menudo el síntoma y el resultado de un equilibrio familiar alterado, y han inducido a buscar en la familia las causas de muchos trastornos que alteran el desarrollo de la personalidad, sobre todo en los primeros años de vida, cuando la dependencia del sujeto con respecto al ambiente es enorme y el significado de la experiencia afectiva es especialmente relevante. La atmósfera familiar, sus equilibrios y sus tensiones pueden actuar sobre la personalidad del niño desde los primeros momentos de vida.

agresivoEs muy importante en este sentido la experiencia de relación con la madre, que con su presencia afectiva, la coherencia y la estabilidad de su comportamiento ayuda al frágil yo del niño a soportar las inevitables frustraciones y a participar de la vida. En estas precoces relaciones y experiencias con la madre, que ante todo debe aceptar su papel y comunicar al pequeño el valor de su vida, se establecen las premisas de un desarrollo y de una relación con la sociedad, adecuados o inadecuados.

En las primeras relaciones hallan su origen el amor y el odio, la confianza y la desconfianza, la salud y la enfermedad. La ausencia o el carácter inadecuado de las primeras atenciones maternas repercuten en todo el desarrollo de la persona, condicionando de forma grave los procesos de integración y de funcionamiento del yo. Los distintos estudios en los que ha sido tratada dicha cuestión, aun partiendo de premisas diferentes, identifican siempre las causas del comportamiento antisocial, de la delincuencia y de la enfermedad mental, que representan en muchos aspectos formas patológicas de la agresividad, con las condiciones familiares que han impedido al sujeto invertir sus energías en una relación positiva con la realidad.

niños peleandoTanto la agresividad dirigida hacia uno mismo como la dirigida hacia los demás, propia del delincuente, son reacciones impulsivas de una personalidad incapaz de establecer una relación sana con la realidad. El interés de los investigadores se centra pues, no tanto en la existencia y en la intensidad de un impulso, sino en las condiciones que han podido provocar tales impulsos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.