LOS ADOLESCENTES Y EL PODER SEXUAL

Hay que examinar esta cuestión tanto desde el punto de vista de los principios como en sus aspectos pedagógicos concretos.

Son los intereses de la sociedad autoritaria los que, por intermedio de la familia y el matrimonio, determinan la restricción de lasexualidad adolescente con su lote de miseria. Esta limitación forma parte integrante de nuestro sistema social; la miseria que resulta de ello es un suplemento no previsto. Pero si es así, es bien evidente que una solución conforme con la economía sexualno es posible en esta sociedad. Nos daremos cuenta analizando las condiciones en las que nuestros adolescentes entran en la fase de lamadurez sexual. Dejaremos aquí de lado las diferencias de clase para no estudiar más que la acción de la atmósfera ideológica y las instituciones sociales.

Ante todo, el adolescente ha de superar una masa de inhibiciones interiores, secuelas de la educación antisexual. En conjunto, su genitalidad, o bien se ve completamente inhibida (lo que es, sobre todo, verdad para las muy jóvenes), o bien es perturbada o derivada en el sentido de la homosexualidad. Por lo tanto, desde el punto de vista de su constitución interna solamente, el adolescente no es capaz de iniciar las relaciones heterosexuales.

Su madurez sexual biológica puede estar también inhibida por factores neuróticos. O entonces, como ocurre a menudo, el infantilismo psíquico, la fijación en actitudes infantiles respecto de los padres, ha creado una discordancia entre la madurez psíquica y la madurez física.

Entre las clases más bajas, los adolescentes son a veces también físicamente retardados. Se trata entonces de un subdesarrollo a la vez físico y psíquico cuando llega a la madurez sexual.

Al tabú severo que pesa —o tratan de hacer pasar ciertos padres— sobre la sexualidad juvenil, le agregan no solamente la falta absoluta de asistencia social, sino sobre todo los obstáculos más diversos destinados a impedir la práctica del acto sexual:

(a) la oposición activa a una verdadera información del adolescente en materia de sexualidad. Lo que se ha puesto de moda con el nombre de “educación sexual”, no es más que una semi medida. Peor que eso; siembra la confusión, ya que parte de premisas que tienen una secuencia lógica y rechaza seguir la cadena de consecuencias. Así es como se explica a una joven de catorce años la menstruación, pero se le disimula cuidadosamente la naturaleza de la excitación sexual. Vemos aquí confirmarse que una explicación puramente biológica de la vida sexual no es más que una maniobra de diversión.

El adolescente no está tan especialmente interesado en saber cómo se unen el óvulo y el espermatozoide para realizar el “misterio” de un nuevo ser vivo, como en el de conocer el “misterio” de la excitación sexual contra la que lucha desesperadamente. ¿Pero qué quedaría como argumento lógico para distraer al adolescente del acto sexual, si se le dijera la verdad, a saber: que él está biológicamente maduro para las relaciones sexuales y que todas sus dificultades provienen de la presión de su sexualidad insatisfecha?. Desde el momento en que no se le puede decir la verdad, cualquier “educación sexual” no hará más que aumentar sus dificultades. Lo que, bien entendido, se halla en acuerdo perfecto con nuestro sistema social; la mutilación sexual de los adolescentes es la prolongación lógica de la mutilación de la sexualidad infantil.

(b) Los problemas de alojamiento y de la prevención de nacimientos. Con la crisis general de alojamiento es difícil incluso para los adultos de la población laboriosa encontrarse por parejas sin ser molestados. Los moteles y albergues transitorios, a fin de cuentas, no están al alcance de todos los bolsillos, especialmente de los de las grandes mayorías. Mas, para los adolescentes, ese problema es fuente de preocupaciones inauditas. Es significativo ver que nuestros reformadores no hacen mención nunca de ese problema. En efecto, ¿qué podrían responder a un adolescente bastante audaz para preguntarles por qué la sociedad no se ocupa de ellos a este respecto?. Prefieren hablar a los jóvenes de sus “responsabilidades”, hasta el punto de olvidar sus propias responsabilidades en el hecho de que los adolescentes se entreguen a las relaciones sexuales en los pasillos, los automóviles, los desvanes, tras los umbrales, con el permanente y estresante temor de ser descubiertos.

¿Y qué decir de la cuestión de los métodos anticonceptivos?. Adolescentes petulantes podrían preguntar ingenuamente por qué motivo la sociedad no les informa de los mejores medios contraceptivos o no les ayuda en caso de accidente en el uso de estos medios.

Está claro que una sociedad que no reconoce las relaciones sexuales extraconyugales, que no vela incluso por la higiene sexual de los adultos, las cuestiones de este orden no pueden recibir ni respuesta ni solución. Es igualmente claro que sin una educación sexual de los niños del todo nueva, y sin solución de los problemas de alojamiento y de los medios anticonceptivos, sería inconsecuente e incluso peligroso aconsejar a los adolescentes una total libertad y promiscuidad sexual. Esta forma de obrar sería no menos perjudicial que su antítesis, la prédica de la continencia.

Se necesita mostrar las contradicciones de la situación y la imposibilidad de resolverlas en las condiciones actuales. Sin embargo, si no somos charlatanes ni cobardes, debemos admitir el principio de la sexualidad juvenil, de ayuda a los adolescentes cuando podemos y hacer lo necesario para preparar el camino para su liberación.

Quizás pueda el lector comprender mejor también la timidez y la inconsecuencia de la educación sexual que reina hoy. Se caracteriza así: llega siempre demasiado tarde, se rodea de misterio, resbala siempre sobre lo esencial, el placer sexual. Los que se oponen a toda educación sexual son más consecuentes en su punto de vista reaccionario. Se les debe combatir porque son adversarios de la verdad y de la coherencia científica pero, en cierto sentido, sus posiciones son más francas que las de los pseudo educadores que creen que su enseñanza va a cambiar algo. Su obra efectiva consiste en oscurecer la solución, en disimular la necesidad de cambio social.

Desde el punto de vista social, las cosas se prosiguen como en el pasado: los niños continúan educándose en una perspectiva ascética y los adolescentes —si de los educadores dependiera— en la idea de que la cultura requiere la continencia, o que la masturbación permite aquietarse en espera del matrimonio.

La contradicción entre la colectivización creciente de la vida y la atmósfera social negadora de la sexualidad debe llevar a una crisis de la sexualidad juvenil, que no tiene solución en la sociedad autoritaria. Mientras que la juventud se mantenga enteramente ligada a la familia; en tanto que las hijas, sometidas a pocas excitaciones sexuales, se contenten con esperar al eventual marido alimentador; en tanto que los muchachos vivan en la continencia, el onanismo o la frecuentación de las prostitutas, no habrá sino sufrimientos mudos, neurosis o brutalidad sexual. En las condiciones actuales, las necesidades sexuales que buscan expresarse son estorbadas a la vez por inhibiciones debidas a la educación y la resistencia de la sociedad reaccionaria. Nada de esto ha cambiado por la retórica de los reformadores de la sexualidad y los consejos ascéticos de “diversión por el deporte o las sanas lecturas”, “colchones duros” y “regímenes sin carne”.

Yo sostengo que la juventud actual conoce tiempos mucho más duros para ella que, por ejemplo, la juventud de principios de siglo. Vivir en una represión completa era aún posible. Hoy, las fuentes de la vida juvenil se han abierto camino, pero la juventud no tiene la aptitud psicológica ni el apoyo social que permitiría disfrutar de eso. Ya no es posible, sin embargo, detener ese movimiento.

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