EL ATAQUE DE HISTERIA

La ansiedad libremente fluctuante es un estado muy desagradable. Una parte de este malestar se elimina si a la ansiedad se asocia un trastorno somático. Este último proporciona además al paciente una “explicación”, que es más fácil de aceptar. Por consiguiente, en muchos casos la ansiedad se “convierte” en un estado patológico con manifestaciones somáticas. De este modo a veces se reduce la ansiedad hasta tal punto que llega a desaparecer casi totalmente.

Los síntomas de conversión más comunes son los que se relacionan con un “ataque cardíaco”. El paciente puede referir un dolor precordial, taquicardia y dolores a lo largo del brazo izquierdo. No obstante, los síntomas pueden ser muy distintos a los del típico infarto de miocardio; así por ejemplo, el “dolor a lo largo del brazo” puede comenzar en la periferia y seguir un recorrido atípico. Prácticamente cualquier trastorno psíquico puede ser simulado. Si se desarrollan parálisis, éstas determinan en general áreas de anestesia o de debilidad muscular que no siguen el recorrido de ningún nervio o grupo muscular conocido, sino que presentan una distribución que responde a la idea que tiene el paciente del lugar donde tendría que producirse. Una hiperventilación, síntomas gástricos, muchos tipos de cefalea, trastornos urinarios, diarrea, etc., pueden tener también una base psicosomática.

En cualquier caso, deben distinguirse los síntomas de conversión de la simulación voluntaria. En general a la simulación se asocian unas ventajas secundarias, como la exención del trabajo o una indemnización económica obtenida por vía judicial.

Tratamiento

Obviamente, el primer paso que hay que dar es asegurarse, en la medida de lo posible, de que el paciente no padezca alguna lesión orgánica real. Ello representa un problema, sobre todo en los pacientes neuróticos con anamnesis de trastornos físicos no confirmados en el pasado por exámenes clínicos. En cualquier caso, hay que tener seriamente en cuenta la posibilidad de que el trastorno tenga una base completamente biológica o que exista realmente una lesión, pero que ésta haya sido elaborada por los mecanismos emocionales y mentales del paciente.

Incluso si el médico está razonablemente seguro de que el trastorno no constituye una condición orgánica de urgencia, el problema no puede resolverse diciendo al paciente que “no tiene nada”. El paciente está sufriendo realmente las molestias y los dolores que describe, y oír que le dicen a uno que en realidad tales dolores no existen no constituye sin duda una buena orientación terapéutica. Exactamente lo contrario, esto es, el hecho de tranquilizar al paciente, dándole a entender que se cree que los síntomas descritos existen realmente, ayuda a establecer una relación más constructiva. Es necesario asegurar al paciente que el dolor y las disfunciones descritas no representan en absoluto una situación orgánica aguda de urgencia y que su vida no corre ningún peligro inmediato. El estudio de los factores traumáticos psicológicos anteriores al síndrome puede ayudar a esclarecer su origen. Si existe la sospecha de una causa orgánica de base, se recomienda la realización de ulteriores estudios. Es conveniente no alimentar la convicción del paciente de que padece una lesión orgánica prolongando en exceso el examen físico y los análisis de laboratorio.

Los fármacos contra la ansiedad son a menudo muy útiles: una inyección de un agente ansiolítico, una vez formulado el diagnóstico, proporciona a menudo un alivio inmediato al paciente. A veces la desaparición de los síntomas tiene en sí misma un considerable valor diagnóstico y puede también ser convincente para el paciente. Con frecuencia estos pacientes requieren una terapia con ansiolíticos (y a veces con antidepresivos) durante varios meses y, no pocas veces, está también indicada la psicoterapia. Estos problemas en torno al tratamiento y a la situación futura del paciente no requieren una solución de urgencia. A menudo, al referir sus trastornos, el paciente se detiene en alguna cuestión con una fuerte carga emocional de interés personal; si se le brinda entonces la oportunidad de hablar de ello abiertamente, los síntomas psicosomáticos pueden desaparecer (o agravarse muchísimo). En los síndromes de conversión más graves, el alivio no es tan rápido y se hace necesario un trata-miento intensivo, a menudo llevado a cabo por un psicoterapeuta. En ocasiones, una reacción prolongada conduce a graves alteraciones secundarias, como contracturas. En tales casos puede ser necesaria la fisioterapia para conservar la integridad funcional.

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