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LA DIETA DEL ENFERMO DE VESÍCULA

NO ES SUFICIENTE para curar la enfermedad, pero a menudo permite prevenir la presentación de complicaciones o detener el curso o el empeoramiento; evita además la aparición de dolores y elimina las dificultades digestivas.

La confusión entre el enfermo de la vesícula y el enfermo del hígado es muy frecuente. Aunque en ocasiones cursen asociadas, las enfermedades que afectan al hígado y las que afectan a la vesícula biliar han de considerarse por separado, en primer lugar porque responden frecuentemente a causas distintas y en segundo lugar porque su tratamiento farmacológico y dietético presenta diferencias. Entre las colecistopatías cabe destacar por su importancia dos enfermedades: la calculosis y la colecistitis aguda o crónica; menor importancia reviste la atonía colecística, es decir, la disminución de la capacidad de contracción de la vesícula.

Si el flujo de la bilis hacia el intestino se encuentra interrumpido o reducido, la digestión de las grasas quedará impedida de forma proporcional. De todo ello debería deducirse lógicamente la conveniencia de la reducción drástica de las grasas en la dieta. La experiencia aconseja, sin embargo, que la eliminación de las grasas no sea total, ya que ello podría suponer graves inconvenientes, derivados principalmente de los desequilibrios en la dieta, la monotonía y la escasa apetitosidad de los alimentos permitidos, inconveniente éste de no poca importancia en individuos inapetentes.
Existen, además, otros dos factores determinantes que desaconsejan la eliminación de las grasas de la dieta: la aceleración del flujo biliar provocada por las grasas es conveniente porque evita el estancamiento de la bilis y por tanto la inflamación; además, una dieta con una riqueza normal en grasas es bien tolerada por muchos enfermos de la vesícula. Debido a esta constatación y considerando que la dieta logra impedir que se desencadenen los síntomas, los dietólogos modernos tienden a no limitar la dieta de los individuos afectados por alguna colecistopatía, siempre y cuando no aparezcan o se agraven los síntomas tras la ingestión de determinados alimentos. En tal caso, se aconseja reducir el consumo de grasas, dando preferencia a las grasas frescas, como la mantequilla.

NORMAS DIETÉTICAS
Hay que subrayar, en primer lugar, que en el caso de la colecistitis, tanto aguda como crónica, la dieta no sirve para curar la enfermedad, sino para evitar la aparición de los síntomas dolorosos y eliminar las dificultades digestivas.
Los alimentos pueden provocar la aparición de dolores por su capacidad de desencadenar la contracción de la vesícula biliar; ésta, en efecto, si se halla inflamada, produce al contraerse sensaciones dolorosas.
Sin embargo, no todos los alimentos poseen actividad colecistocinética, esto es, capacidad de estimulación de la contracción de la vesícula. Los azúcares no la poseen en absoluto y las proteínas ligeramente, mientras que las grasas son activísimas desde este punto de vista. También las dificultades en la digestión pueden relacionarse con este mecanismo. De la vesícula biliar y de los conductos biliares, inflamados y estimulados, parten reflejos nerviosos que bloquean la funcionalidad del estómago, alterándola a veces hasta tal punto que puede llegar a provocar náuseas y vómitos, fenómenos que se repiten durante el cólico hepático.
Por cuanto respecta a la digestión intestinal, la bilis es necesaria para emulsionar las grasas, permitiendo así su absorción y posterior ataque por parte de las enzimas encargadas.

El aceite de oliva es un potente estimulante de las contracciones de la vesícula: el enfermo deberá por tanto establecer la cantidad límite a partir de la cual aparecen los síntomas. Deben evitarse las grasas de vacuno y de forma especial las de cerdo, oca, pato y cordero; del mismo modo, antes de cocinar una carne es conveniente retirar la grasa.
El consumo de huevos debe reducirse o evitarse sólo si el enfermo no los tolera; son fuertes estimulantes de las contracciones de la vesícula biliar y, por tanto, pueden provocar dolores o auténticos cólicos hepáticos. Sin embargo, si el paciente los tolera bien, constituyen un óptimo alimento, siempre y cuando no se coman fritos. En general, es conveniente reducir el consumo de frituras, que suelen digerirse mal. Puede afirmarse que el aceite impregna los alimentos en menor medida que las grasas animales y, por consiguiente, es preferible a éstas. Las grasas, además, penetran en los alimentos tanto más cuanto más larga y lenta es la cocción, ya que un calentamiento rápido forma en la superficie de los alimentos una costra protectora.
Respprto a los pescados, hay qnp pvitar los grasos, siendo preferibles los blancos, hervidos y condimentados luego con aceite o, eventualmente, con un poco de mantequilla.
La fruta está toda permitida, no así los frutos secos. Entre las verduras y legumbres, en general suelen tolerarse mal las espinacas, los guisantes, las judías secas y las lentejas

Mas info: INTERVENCION DE VESICULA

Mas info: LA TERAPIA CON ULTRASONIDOS DE LOS CÁLCULOS BILIARES


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