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APRENDER A VIVIR CON EL
TRASTORNO OBSESIVO-COMPULSIVO
Una mujer de 40 años, que llevaba
20 sufriendo un TOC grave, y su
madre de 60 años, empezaron a
participar en un grupo de
psicoeducación familiar. Según
explicaron, “tenían una relación muy
buena y podían hablar de todo
excepto del TOC”.
En la tercera sesión anunciaron con
júbilo al grupo que ya “incluso podían hablar
abiertamente sobre el TOC”. Cuando los demás les
preguntaron qué había cambiado, la mujer afectada
respondió: ”Mi madre ha venido a las reuniones del
grupo, ha leído información sobre el TOC y ha escuchado
a otras personas afectadas hablar sobre sus experiencias. Creo que está empezando a comprender este trastorno
y todo lo que yo estoy pasando”.
Hemos observado que el aprendizaje y la
comprensión emocional de lo que supone experimentar
los síntomas del TOC deben acompañar a los esfuerzos
de la familia por intervenir. Como muchas personas que
padecen un TOC son, por otro lado, muy funcionales,
no sorprende que tienda usted a ver las compulsiones
como conductas que la persona puede empezar o detener
cuando quiera.
Ese es un error habitual.
Aceptar la
realidad de que su familiar tiene algo que “no funciona
bien” y precisa atención profesional, puede ser un
proceso doloroso.
Antes de poder prestar una ayuda
eficaz, es necesario reconocer el TOC e informarse sobre
él. Debe conocer cuál es el problema antes de intentar
solucionarlo.
El aprendizaje es el primer paso.
A medida
que vaya aprendiendo más sobre el trastorno, empezará
usted a albergar esperanzas de poder hacer algo para
ayudar a la persona afectada por el TOC. El TOC es un
trastorno bioquímico con síntomas clínicos que van más
allá de los rasgos de personalidad. Cuánto más sepa,
mejor podrá considerar las conductas irracionales desde
una perspectiva impersonal. Las relaciones familiares
mejorarán y la persona con TOC se sentirá más apoyada.
Unas relaciones familiares positivas y el hecho de sentirse
comprendido potencian considerablemente los
beneficios terapéuticos (medicación, terapia de conducta).
Ya sabemos cómo llamarlo... ¿Pero cómo saber
cuándo los síntomas obsesivo-compulsivos precisan
atención profesional?
Según empiece a saber más sobre el TOC, es posible
que piense “Parece que hablan de mí!” o “Eso es justo
lo que yo hago!”.
Comparar los rasgos de la personalidad
con los síntomas es un error habitual, porque a primera
vista parecen lo mismo. No obstante, las causas de esa
conducta son muy diferentes. Por ejemplo, un padre a
quien le costaba entender por qué su hijo no podía
“parar” de lavarse y marcharse a trabajar, le dijo que él
también tenía el “hábito” de lavarse y que, si él podía
parar, ¿por qué no podía su hijo?, lo cual enfureció al
hijo, agudizándole los síntomas.
Se sintió frustrado
porque su padre no entendía la importante distinción
entre un hábito y una compulsión.
Es importante distinguir entre los rasgos obsesivo-
compulsivos y los síntomas obsesivo-compulsivos.
Según una serie de estudios realizados, casi todo el
mundo tiene uno o dos rituales.
La diferencia reside en
el grado de ansiedad y convicción de la necesidad de
realizar la compulsión. Las personas con TOC sienten
que no pueden controlar su ansiedad de otra forma que
no sea llevando a cabo las compulsiones. Sus cerebros
les dicen que si realizan los rituales, sus miedos
disminuirán.
Es mejor rechazar o identificar esa conducta
como un “síntoma”, no como “fallos”. Todos
practicamos uno o dos rituales, pero las conductas se
convierten en “síntomas” de un trastorno si “no son
deseadas” e interfieren en las relaciones sociales o
laborales.
Cuando una persona no puede controlar las
compulsiones, es importante no culparla. Por otro lado,
el TOC no debería convertirse en excusa para reducir la
funcionalidad.
Por otro lado, una vez identificado el TOC,
el afectado espera que los familiares asuman sus
responsabilidades y así poder evitar determinadas
situaciones, lo que rara vez les sirve de ayuda.
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Próxima lección
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